viernes, 28 de diciembre de 2018

Otra historia de amor

─ ¿Nos importó alguna vez el deberíamos?

Tenía razón. No tenía sentido preguntarse eso ahora. Bajo un cielo estrellado, adornado por los intermitentes cometas que ardían en la distancia viéndose a ratos sí y a ratos no, nada podía pararlos. La besó y pateó la puerta preparándose para vaciar sus pulmones de aire.

─ ¡Manos arriba y nadie saldrá herido! ¡De rodillas! ¡Al suelo, al suelo!

En cuestión de segundos todos los clientes y trabajadores del banco central de Nueva Quito estaban arrodillados en el suelo con las manos arriba. Entrenados para seguir órdenes. Todos menos tres, que como siempre eran guardias humarianos.

El Chueco oyó tres disparos y, unos segundos después, sintió unos labios húmedos que le besaron la mejilla antes de susurrarle algo al oído que no entendió.

Las luces que iluminaban el banco, un edificio que se ajustaba la creciente tendencia de construir todo en base a una única habitación titánica, se fueron apagando de una en una. Como si de un narrador se tratase, el Chueco las nombraba mientras las seguía con los ojos.

─ Corredor 32C, esquina 32D, corredor 33, desvíos 33D y 33I, ¡Salta!

El suelo se electrificó durante medio segundo, dejando a todos los clientes y una gran cantidad de trabajadores inmóviles en el suelo. Pero no los de seguridad.

─ Llevan botas y pantalones aislantes. ─le dijo Valencia mientras fríamente le disparaba a cuatro vigilantes que se habían movido aprovechando la distracción del salto.

─ Sabes que esa precisión es lo que me enamoró.

─ Pensaba que habían sido mis ojos.

─ No, eso solo hizo que me fijase en ti. Sabías que cuando me...

─ No es momento para esto, ¡Pasillos 41D, C e I!

Como si de un autómata al que le hubiesen dado una nueva orden se tratase, el Chueco se volvió a centrar en las luces. Esquinas 41D e I. No quedaba mucho para las torretas automáticas. Corredor 41C. Que eran 5 si no recordaba mal. Paseo 40T50. Por suerte de eso se encargaba Valencia, y ella tenía mejor memoria.

─ Corredores 51 y 52, Barandas 10, 20, 30, 40, 50, 60, Apagón total. ¡Torretas!

Cuatro fueron las balas que el Chueco oyó a Valencia disparar. Cuatro balas precisas, seguidas de pausas definidas, de longitud relativa al giro que ella tenía que dar para cambiar de objetivo. Y de repente oyó otro disparo.

─ ¿Has oído eso? ─dijo Valencia enfurismada.

─ Tranquila, sabes que lo ha hecho solo porque...

─ Ni solo ni nada, ¿teniéndome a mí aquí impartiéndole una masterclass gratuita viene a dispararme? ¡Y encima ni siquiera me mata! ¡Como si no le hubiese enseñado nada! ─Valencia se quitó la máscara protectora, cuyos anteojos estaban ya rotos e inservibles, y la tiró al suelo. Al hacerlo, la bala que reposaba sobre el cristal derecho de las gafas de la máscara se salió, y su ruido metálico se repitió a lo largo y ancho de la sala. ─ ¡Debería enseñarte a disparar apuntando a tus compañeros de trabajo! ¡O a tus hijos! Pero te salvas, ¡hoy no tengo tiempo! ¡Zopenco!

─ Valencia cariño, nos quedan menos de siete segundos para que...

Fue entonces cuando le quitó la máscara y le dijo que respirase hondo y cerrase los ojos. Como se esperaba, lo besó de la misma forma que él lo había hecho antes de patear esa puerta. Al acabar el beso, la neurotoxina Begaroth-E3 inundó la sala y en cuestión de segundos el aire dejó de ser respirable.

─ Voy a necesitar esto. ─le dijo Valencia mientras le quitaba al Chueco el microordenador que llevaba en la mano.

Lo último que oyó fueron catorce disparos. Rítmicos, calculados, precisos. Catorce disparos, cada uno seguido de ese ruido seco, casi mudo, que hacían los cuerpos de los guardias al caer al suelo. Tres en la primera planta, dos en la segunda, cuatro en la tercera. dos en la cuarta y tres en la quinta. Al parecer los de la planta baja habían decidido quedarse arrodillados y portarse bien.

...

Lo despertó una lengua que recorría su cara. Una lengua rasposa, que iba acompañada de un aliento a arroz del día anterior y sobras de pollo. Los ladridos que siguieron a la interrupción de los lamidos hicieron evidente que quien lo acompañaba no era otro que su perro Ecuador.

─ Me preocupaste.

Era Valencia. Sin la máscara y con lágrimas en la cara era todavía más linda. Fue entonces cuando se dió cuenta de que le había vuelto a mentir; sí que le debía el haberse enamorado a esos ojos marrones, sólidos, firmes, llenos de esperanza.

─ Bajaste la guardia. ─le respondió cocorito.

Valencia se le acercó para darle una bofetada, pero se adelantó al gesto y, tirando sin querer a Ecuador al suelo, se medio levantó de la cama y la besó.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

La presa del coleccionista

Kraal'thar no sabía cómo habían hecho para ahogar el olor. A su alrededor, cerca de tres docenas de criaturas en peligro de extinción estaban expuestas en jaulas microaclimatadas, todas a la venta. Eran machos o hembras ya infértiles, y el dinero conseguido con su venta se usaría para la protección y mantenimiento de dichas criaturas. Pero eso no cambiaba que seguían enjauladas.

El mercado de Sagarad era algo único en la galaxia; de acceso restringido, contaba con unas tasas de acceso que se escapaban del alcance de cualquiera que no fuese parte de ese minúsculo grupo de gente que era dueña de la economía de la galaxia. La única razón que hacía posible que Kraal'thar estuviese ahí era su uniforme, aunque por cómo lo miraban no tenía duda de que si pudiesen lo meterían en una jaula a él también.

A sus nueve ojos no se les escapaba nada. Su barba, cuyo color normalmente cambiaba según el peligro, envolvía una cara preocupada. Cubiertos de mucosa y posados en la punta de unos pelos cuyo color no paraba de cambiar de fucsia a ocre y de cian a rojo escarlata, unos receptores olfativos se perdían entre la marabunta de perfumes que se peleaban en el mercado. A Kraal'thar le hubiese encantado relajarse y lucir un color uniforme, pero la situación le ponía de los nervios.

Caminando mientras entrecruzaba los dedos de sus ocho brazos para intentar relajarse, buscaba a un nativo de Barandor. Normalmente los tentáculos y la mucosa que les solían colgar de la cara eran suficiente para destacarlos entre la multitud, pero en el mercado de Sagarad eso no podía ser considerado llamativo.

El estridente grito de un quinperrey le hizo tropezar, interrumpiendo así su letárgico caminar. El pelaje de la criatura se había vuelto de un azul metálico que, según creía recordar, significaba dolor. El susto hizo que chocase de lleno con una señora cuyos corazones se pararon al instante debido al horror. La mujer corrió aterrorizada hacia la zona de desinfección más cercana mientras gritaba enajenada en un idioma que, para variar, no entendía. Al parecer pedía que lo arrestasen, pero en cuanto se le acercaron los guardias le bastó con un gesto para que le reconociesen y le dejasen tranquilo.

Ya era su noveno día estándar en el mercado. Si hubiese sido su primera vez aquí quizás hubiese admirado los puestos, las ropas o la tecnología de protección que usaban. En una sociedad galáctica dónde visitar planetas exigía el uso de trajes de aclimatación o domos adaptados para evitar contagios y plagas, la cuasi desnudez de los personajes que visitaban el mercado de Sagarad era una marca de estatus.

Era por eso que le sería aún más complicado encontrar al barandoriano que buscaba. Su obsesión por la biotecnología hacía que a vistas de otras especies ellos siempre pareciesen estar desnudos, si no se tenía un cierto conocimiento básico de su anatomía. Pero en Sagarad Kraal'thar se arriesgaba a que lo que para él parecía ser un barandoriano vestido de forma grotesca fuese en realidad un excéntrico dhril o un yagarán envejecido, y acusarlos erróneamente le podía costar la vida.

La parte buena era que tratar con nativos de Barandor significaba que de los ochocientos veintitrés cuadrantes del mercado solo tenía que estar al tanto de los diecinueve dónde había bienes biológicos. La parte mala era que se pasaba los días entre animales en cautividad, esclavos de comercio justo y comida que nunca podría pagar.

No pudo evitar reír un poco ante la idea. Al parecer para evitar crisis políticas la galaxia se había olvidado de los derechos fundamentales de toda forma de vida con un ápice de consciencia. Para contentar a ambos lados, algún genio en una comisión de vaya usted a saber qué sistema había llegado a la conclusión de que había esclavos regulares y esclavos irregulares. Aunque el decreto-ley había permitido la liberación de miles de trillones de seres, aquellos cuyas familias habían sido históricamente esclavizadas o los que hubiesen decidido vender años de libertad se veían ahora condenados a seguir unas leyes de subordinación que los privaba de la capacidad de siquiera decidir si podían lavarse los dientes.

Por mucho asco que le diera moverse entre negreros y esclavistas, allí era dónde había más probabilidades de encontrar al barandoriano.

Releven'thar, ¿íchabal norga?

Releven'dhira. No hablo girontés, ¿en qué puedo ayudarle?

Molesto al descubrir que un agente del orden no hablaba su idioma, el baboso ente que le había interrumpido activó el traductor y el modulador de voz que llevaba encima antes de responderle.

─No entiendo para qué te pagan. Es la cuarta vez que pasas por aquí hoy. ¿Te envía Koroth para sabotearme? ¿Es tan incapaz de criar esclavos decentes que se ve obligado a atacar mi negocio enviando a alguien cuyas pintas alejen a los clientes?

─Mira, estoy de servicio, si tienes alguna queja puedes dirigirla a...

─De servicio mis ûglan-dhar. Si te vuelvo a ver por aquí te meto en una jaula con el resto.

─Puedes intentarlo. Pero como ya te he dicho, estoy de servicio. Ocupado. Trabajando. Así que seguiré haciendo lo que hago y no vas a...

¡Îr'krava-thalässa!¡Barbrad! ─le interrumpió a gritos la misma mujer con la que se había chocado minutos atrás.

─Hay que joderse.

─¡A tí si que te voy a joder bien como no te vayas de aquí y te lleves a esa loca!

Antes de que pudiese tener la situación bajo control, algo le golpeó la espalda y le tiró al suelo. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo que había estado pasando. ¡El barandoriano le había estado siguiendo!

─¡Alto! ¡Comisión Intersistemas de Ejecución! ¡Deténgase!

─Corre tras él y déjame en paz bola de pelo. ─dijo el negrero antes de escupirle.

La mujer, que aparentaba ser nobleza de algún sistema perdido por el inexplorado cuadrante veintiséis, seguía gritándole mientras se levantaba y salía corriendo detrás del barandoriano.

Era fácil seguirle el rastro; no era solo que con las prisas y el estrés soltase una cantidad de baba descomunal, sinó que además al ir a la carrera y sin cuidado iba chocando con la gente que había en el mercado así que fijándose en las caras de asco y aquellos que atolondrados se dirigían a las zonas de desinfección podía saber exactamente por dónde había pasado y a dónde se dirigía.

─Barandoriano, estatura media, se dirige a la salida doce. ─anunció al personal de seguridad usando el transcomunicador. No hacían falta más detalles, no solía haber muchos barandorianos en el mercado, y aún menos a la fuga.

Tras atraparlo y revisar sus pertenencias al llegar a la sala de control y procesamiento, se sorprendió al no encontrar nada robado. Lo poco que llevaba encima el Barandoriano era un ente de ondas que cumplía la función de bolsa electrónica de créditos y un portahumedad.

─¿Se puede saber por qué corrías? ¿Qué has hecho?

─No hablaré sin mi abogado delante.

─Hay que atizarle, señor. ─le dijo el guardia humariano que lo acompañaba, cansado después de haber escuchado ese mismo intercambio catorce veces.

─No podemos golpearlo, podríamos meternos en un escándalo.

─Pero con éstos siempre es así, señor. ─dijo mientras se acercaba al barandoriano.

Kraal'thar intentó detenerlo, pero cuando un humariano quería darle a alguien no había forma de pararlo. Para su sorpresa, el guardia controló mucho el golpe, y el sabandoriano perdió lo que parecía ser una boca protésica, dejando al descubierto una boca aún más sucia y bañada en toda la baba que se había quedado atascada en la prótesis.

─Si se fija aquí... ─le dijo el guardia mientras recogía la prótesis bucal y la apretaba mientras se la acercaba a Kraal'thar.─...tiene una especie de compartimento. Los dientes funcionan como una especie de tijera o tenaza. Así roban sin que parezca que usan utensilios.

─¿Y qué ha robado nuestro amigo exactamente?

─Yo diría que esto son pelos bulianos. ─dijo algo asqueado el guardia mientras le mostraba unos pelos multicolor que poco a poco se ennegrecían.─ ¿Son suyos?

Molesto, Kraal'thar se giró hacia el barandoriano y lo abofeteó; sin lugar a dudas, la inmunidad que le concedía tratar con un culpable era de las mejores partes de su trabajo.

─¿Qué hiciste con el quinperrey? ¿Por qué hoy y no el primer día si yo era tu objetivo?

─Lo pelos de quinperrey valen tanto como los tuyos o más, no iba a dejar pasar la oportunidad. ─respondió el barandoriano, sabiendo que una vez demostrado su culpabilidad lo único que le protegía era la colaboración. ─Y ese quinperrey llegó hoy al mercado.

─¿Y por qué mis pelos?

─Los pelos bulianos son una maravilla en lo que se refiere a bioingeniería natural. Me ofrecen mucho a cambio de ellos. Créeme, más de uno de los ricachones con los que has estado paseando estos días adoraría tenerte metido en una jaula o usarte como si fueses una herramienta cualquiera. Te tirarían en cuanto te desgastases o te venderían como si de un mercadillo de segunda mano se tratase. Yo trabajo para uno de ellos que fue lo suficientemente listo como para mantenerme a mi con los ojos vendados y a él anónimo.

─¿Y por qué robarlos de mí? ¿No podías esperar a que fuese al barbero y robar la basura? ¿O pedírmelos?

─Sabe bien usted que no, agente. Los necesitaba frescos para analizarlos, que es lo que estaba haciendo hasta que su amigo el bruto me arrancó la prótesis. Si los robase del barbero estarían ya resecos, y si se los pido a usted solo me dará los muertos.

─Hurto con violencia, violación de espacio privado, quebrar la ley de contacto y protección... por no hablar del robo de biomaterial registrado a nivel especie en todo sector regulado de la galaxia.

─Sagarad no es un sector regulado.

─En eso no le falta razón. ─dijo el humariano, algo molesto.─ Pero puedo hacerle cantar por algún crimen más si lo ve usted necesario, agente.

─No, no... será suficiente.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Por su derecho a amar

No había rincón donde se posase una sombra que no debiese; con una instalación lumínica inteligente de última generación, el laboratorio contaba con lo último en herramientas de electrónica, robótica, inteligencia artificial y control de sistemas. Sin importar si eran visitantes o trabajadores, aquellos que habían tenido la suerte de visitar el Laboratorio Harandor de Innovación y Desarrollo la habían llamado la vigésimo tercera maravilla del sistema Solar.

Todas las mañanas, a eso de las seis, dos personas entraban a trabajar. Se seguía una filosofía de mínimo personal para garantizar la seguridad de los datos que se manejaban. Una inteligencia artificial llamada Tella les supervisaba y acompañaba, pero incluso ésta carecía de acceso a todos los recintos del laboratorio.

La bioingeniera Alba Ehrenreich y el matemático Federico Quijón eran los afortunados habitantes, aunque ellos no siempre se considerasen como tales. Hoy era uno de esos días en los que la frágil belleza de su trabajo se veía manchada y la duda los invadía.

─¿Es acaso legal cesarlo? ─comentó Federico con los ojos fijos en el sujeto.

Encerrado en una habitación, el sujeto medía un metro ochenta y tres. Pesaba setenta y nueve quilos; su piel era de tez oscura y lucía un corte militar. Vestido solo con una bata de hospital, se le notaba delgado, escuálido. Pero Federico sabía que eso solo era márketing.

Era un Sirviente de sexta fase, concretamente un 9003a de General Enterprises of Technology. Aún en garantía, la inteligencia artificial semidependiente no había sido devuelta debido a fallos funcionales, sino debido a denuncias de los vecinos.

─No, no lo es. ─respondió Alba nerviosa. ─Pero nadie sabe lo que le está pasando excepto nosotros.

─Pero...

─No hay peros, Federico. No podemos dejar que vuelva a la sociedad así como está.

─¿Por qué?─inquirió Federico, algo molesto.─ Si cumple con las tres leyes, ¿por qué nos importa que se sienta más que un sirviente?

─Porque un sirviente es lo que es. ─dijo Alba, que parecía que hablaba más sola que con su compañero. ─Fue diseñado para hacer compañía a una anciana, no para enamorarse de su nieta.

─Pero si es mútuo... ¿Dónde está el problema?

─¡¿Cómo que dónde está el problema?! ¡Siglos de convenciones, seminarios y conferencias sobre el tema para prepararnos para este momento y eso es lo que preguntas!

¿Vas a condenarlo por incumplir una ley arcaica de más de 140 años?

Es a nosotros a quien condenarían, Fede. No podemos dejarlo estar, no podemos hacer la vista gorda.

Enviarlo a los laboratorios de G.E.T. es aún peor que cesarlo, por muy legal que sea. Lo diseccionarán, lo...

Lo sé, lo sé...

No, no lo sabes. Yo he trabajado ahí. He dirigido esos laboratorios. señala al sujeto, que los ignora completamente.─ Él es más humano que ellos.

No he dicho que haya que enviárselo a ellos. Ni tampoco cesarlo. Pero...

No nos dejas con muchas opciones, si tampoco podemos dejarlo ir porque nos encierran a nosotros.

No, tienes razón, muchas no. Pero hay una.

Espero que no te refieras a un borrado de memor...

¡No, déjame explicarme! Nosotros tenemos la autoridad necesaria para aprobar un estudio de hasta dieciocho meses si se trata de un sujeto con desperfectos, ¿no?

Bueno, sí si son de carácter endoautomático, de tejidos, fluidos pseudoexternos o comportamiento errático.

Las denuncias solo mencionan salidas clandestinas y llegadas a las tantas. Excepto nosotros, nadie ha hablado con él, nadie sabe qué le pasa.

Suerte que lo denunciaron temprano, imagina el lío en el que estaría sino. Pero, ¿y cuando hayan pasado los dieciocho meses? ¿Qué hacemos?

Tendremos un 9003a en perfectas condiciones de volver a la sociedad. Solo hay que enseñarle a disimular, a comportarse en público... a hacer las cosas bien.

Durante unos instantes que se les hicieron eternos, Alba y Federico se miraron fascinados. A carcajadas festejaron en secreto lo brillante de su plan y, una vez reinó la calma, volvieron a trabajar en el Sirviente 9003a.

Tras horas de trabajo, con el Sirviente ya apagado y Tella recordándoles que ya hacía dos horas que su crédito de horas extra pagadas se había acabado para lo que quedaba de semana, Alba y Federico eran incapaces de sacarse el suceso de la cabeza.

¿Te das cuenta Alba? ¿Te das cuenta de lo que tenemos aquí?

Sí; la máquina más bella que haya creado la humanidad, el autómata más increíble jamás visto.

Ahí te equivocas, no es un autómata. Rufus está vivo. Es vida artificial.

Es fascinante, sí, pero, ¿hacía falta ponerle ese nombre?

─No, por dios, no he sido yo... solo se lo he preguntado.

viernes, 13 de abril de 2018

Problemas de otros tiempos

La luz de las lunas entraba levemente por la ventana, sus rayos asaetando las finas cortinas de seda China cuya única función era decorativa. Sobre la cama deshecha yacía Aníbal, con los ojos llorosos y numerosas mucosidades inundando su nariz; su voz, quebrada por la pena, era captada por los sensores del gxNet 2.0, el último dispositivo de comunicación instantánea intergaláctica en haber salido al mercado.
─No es tan sencillo Gara. No hay canción que no se haya vuelto amarga, cada presente hecho un pretérito perfecto y lo único que se mantiene es ese vacío que llevo dentro. Es como si Ereal hubiese sido la efímera supernova que me iluminaba y ahora se hubiese colapsado formando un agujero negro que...
─Por las estrellas, ¡cállate! ─oyó a Gara gritarle al otro lado del gxNet. ─¡No puedes ser tan melodramático! ─Aníbal pudo escuchar como su amiga lanzaba algo y segundos más tarde un jarrón se hacía añicos en el suelo. ─¡Ya me has vuelto sacar de mis casillas! A ver, Gara, respira... y tú, Aníbal, cálmate un poco, porque sabes muy bien que tiene solución y es fácil.
─Será fácil para ti. No me gusta que jueguen con mi mente más de lo que ya hacen estos implantes... ─agregó Aníbal mientras toqueteaba su enlace vertebral. ─Además, cuesta un dineral.
─¡Un dineral! ¡Como si eso alguna vez te hubiese parado, señor "voy a comprar telas terrestres, un planeta desierto más antiguo que las Ilfíadas, porque son monas"! ─Gara, claramente molesta, se aclaró la garganta antes de seguir. ─Una de tus sesiones de peluquería cuesta menos que eso, ¡y lo sabes!
─No es eso... ─respondió Aníbal taciturno, levantándose de la cama en silencio.
Caminó hasta el escritorio de su habitación y abrió el cajón superior derecho; ahí seguía, de tez morena, luciendo una cabeza rapada cuya extensión se interrumpía, según Aníbal había escrito en su diario, "al acabar su frente en dos ojos azules y una nariz que hacían de oasis y Kilimanjaro en un desierto". No sabía por qué no se había deshecho de esa foto; Ereal se molestaría si supiese que semanas después de haber roto él aún la guardaba.
La cogió para verla mejor, pero los nervios le jugaron una mala pasada y el marco de cristal, como si el ejemplo del jarrón de Gara siguiese, acabó en el suelo. Tendría que volver a comprar un marco para la foto.
─Oh dios, dime que no lo has vuelto a hacer. Es como vivir el día de la marmota, no aprendes nunca, siempre lo mismo, una y otra vez... ¿En serio habías vuelto a enmarcar esa foto? ¡Deberías romperla! ─gritaba Gara exasperada. ─¡Te dije que la quemases!
─¡Estás loca! ¡No voy a quemar la foto!
─Al menos podrías dejar de quedarte embobado mirándola. ─le recriminaba Gara. ─En serio, deberías pasar por el médico y que te lo hagan olvidar. No vale la pena que lo sufras tanto.
─Hay cosas que no se hacen porque valgan la pena o no, Gara. Si duele es porque debería doler. No es que valga la pena sufrirlo, sino que hay que sufrirlo. ─dijo mientras con los dedos de la mano derecha recorría los implantes de corrección ambidiestra de su mano izquierda. ─Somos humanos, el dolor y la pérdida son algo intrínseco.
─Quizás lo fuese en la edad de piedra, pero sabes que no es el caso. Y menos aún el dolor por desamor, ¡por favor! ─Gara se aclaró la garganta antes de seguir. ─Eres consciente de que usar palabras de esas...
─¿Grandilocuentes?
─¡Dios! ─exclamó Gara, dudando de por qué le dedicaba tanto tiempo a alguien que la irritaba tanto. ─Sí, lo que sea. Que hablar así no hace que lo que dices esté menos equivocado.
─Vale, vale... ¡pero no estoy equivocado! ─exclamó algo molesto, soltando un gallo que hizo que Gara se ríese un poco al otro lado del gxNet.─ ¡No te rías! ¡No estoy equivocado! El desamor es tan nuestro como el amor, sin uno el otro pierde aquello que lo hace bello. Que químicamente te aíslen del desamor no hace que deje de ser tuyo, de la misma formar que renegar de las consecuencias de tus actos no te hace menos responsable.
─¡Pero eso es diferente! Si pudieses deshacer las consecuencias de tus actos sin daños colaterales, éstas ya no irían ligadas a los actos. Hoy en día podemos dejar atrás los resultados del desamor, ¡podemos amar sin sufrir!
─¿Y a eso lo llamas amar?
─Si para ti lo bonito del amar está en el dolor tienes un problema...
─Tampoco es lo importante, no estamos hablando de eso.
─Ya, estamos hablando de que prefieres pasarte semanas amargado solo en casa sin siquiera ir a trabajar porque Ereal te ha roto el corazón. ─respondió altanera, enfatizando esas tres últimas palabras, mofándose. ─Cuando se te rompe el termo llamas al servicio de reparaciones. ¡Haz lo mismo con tu cuerpo!
─¡Sabes que eso es diferente!
─¡No! ¡Ahí está la cosa, que no lo es! A tus ciento seis años te has tratado trece tumores, ¿no? ¿Por qué es el desamor algo humano y el cáncer no? Ambos han estado ahí desde siempre. De hecho el segundo es más natural, lógico e intrínseco, como te gusta tanto decir. Pero no dudas al tratarlos, y no lo haces con medicina tradicional como quimios y esas cosas, vas a lo experimental, a lo rápido; no te dejas destrozar por tratamientos públicos porque puedes permitirte volver al trabajo como si nada. ¡¿Por qué no haces lo mismo con ese corazoncito tuyo?! Deja los problemas del pasado para las personas del pasado. ¡Eres un hombre del presente, trata con tus problemas como tal!
─Pero... si no soy capaz de tratar con esto ahora, ¿cómo lo haré en un futuro con algo más serio?
─No lo harás. Ya no tenemos que hacer eso, al menos no si podemos pagarlo. Distintas épocas, distintos problemas; la añoranza o los remordimientos ya no son uno de ellos.
─Pero... ¿y si no quiero olvidarla? ¿Y si no quiero olvidar lo que compartí con Ereal?
Ambos se callaron tras esas palabras, ambas habitaciones inundadas por una tensa calma. La estática del gxNet, aunque casi imposible de notar cuando se hablaba, se hacía evidente al reinar el silencio en ambos lados del canal de comunicación.
─Gara, en serio, no creo que pueda hacerlo. ─declaró al cabo de unos minutos Aníbal.
─Lo que no puedes es seguir así, Ani. ─le respondió Gara, su voz manchada por tonos tristes.
─No quiero que todo lo que compartí con ella desaparezca sin dejar rastro.
─Ya, es normal. Pero no debes temer eso. ─le decía tranquila y sincera.─ Yo recuerdo un poco a todos. En los noventa y tres años de vida que llevo he amado mucho, y aunque haya tenido ayuda para olvidar a todas las personas que he perdido, siempre queda algo.
─¿Como una cicatriz?
─Sí, como una cicatriz. Está ahí, sé que hubo algo, alguien, y me alegro.
─Las cicatrices no duelen.
─Exacto. Cada una de esas cicatrices, por así llamarlas, me recuerdan que fui muy feliz. Y eso me alegra. Si perder algo me dolió tanto como para que no fuese capaz de lidiar con ello por mí misma es que de verdad lo quería mucho.
─Quizás sí que va siendo hora de pasar página.
─Las primeras veces siempre son más difíciles, Ani. ─respondió Gara, algo entristecida al ver que había conseguido convencer a su amigo.─Solo quiero que podamos volver a estar como antes. Llevo semanas sin verte.
─Sí. Mañana a primera hora pediré una cita urgente con el médico. ─dijo Aníbal, monótono y derrotado. ─Gracias.
─No me las des, no hace falta. ─respondió Gara, rompiendo a llorar en silencio. Se recompuso antes de despedirse. ─Llámame pronto ¿vale? Y avísame si quieres que te acompañe al médico.
Triste pero decidido, Aníbal se fue a dormir y no tardó en empezar a roncar. Gara no tuvo esa suerte; ella era incapaz de dormir sabiendo de primera mano lo que le acababa de hacer a su amigo, al único que había estado desde el principio.
Pedirle que olvidase a Ereal tras más de ochenta años de relación era un mal necesario, pero eso no hacía que dejase de ser algo horrible. Odiaba tener que pasar por cosas así, y estas semanas discutiendo con Aníbal le habían hecho pensar; ¿cuándo llegaría el día en que tendrían que olvidarse entre ellos?
Porque ya no se planteaba el si llegaría el día; con lo larga que era la vida humana ahora, era solo cuestión de tiempo.

jueves, 5 de abril de 2018

Saturación


Le molestaba la soberbia de Imelda. Sí, era buena, innegablemente la mejor ingeniera de vacíos con la que había trabajado, pero eso no le daba carta blanca; ella, Laura Belmonte, no era una subordinada, no esperaba ser tratada como uno de esos becarios que vienen solo seis meses a por créditos ECTS, algo de dinero y maquillaje para sus currículos.

—¿Y me dices que has revisado el sistema entero?  —entonaba Imelda, enfatizando esa última palabra como si tuviese que hacer un esfuerzo extra para que Laura la procesase.

Pero Laura no iba a dejarse pisar así. Años estudiando en Comillas, casi un lustro ejerciendo, para que una recién doctorada la tratase como si fuese una estudiante de grado... no, gracias. Las cosas no iban a seguir así por mucho tiempo; había llegado la hora de que Imelda se diese contra la pared por primera vez en su vida.

—De pe a pa. He comprobado que no volviese a ser cosa de la orientación de los diodos...

—¿Los mismos que pasaste por alto cuando estábamos trabajando en el control de flujo de combustible de la fragata Asterión?  —le interrumpió la graduada con honores, la del historial impoluto, con un tono coqueto.

—Sí, los mismos. Como decía, no tiene nada que ver con los diodos, la compensación está equilibrada, los transistores están distribuidos correctamente... Estoy seguro de que si falla algo es en tu parte del...

—¿Has comprobado que la realimentación esté hecha con los signos que corresponde?  —volvió a interrumpir Imelda, aún cómoda, segura de que todo error que pudiese haber era en la parte del modelo en la que trabajaba Laura.

—Sí. Como te iba diciendo...  —intentó proseguir Belmonte, obviamente sin éxito.

—¿No habrás confundido una coma con un punto, no? Estos valores anómalos podrían deberse a que la hayas liado con la saturación...

Todo estaba saliendo como ella lo esperaba. La insistencia y la necedad de Imelda harían que la revelación fuese demasiado para ella; Laura no era una mujer de letras pero, aunque desconocía cuál era la palabra correcta para describir como se quedaría Imelda tras descubrir su error, sabía que atónita se quedaba corta. Ella sabía cuál era el error, pues el día anterior se había quedado hasta tarde revisando ambos modelos. Pero en vez de corregirlo, había preferido dejar que fuese ella quien los descubriese.

—No, no he confundido una coma con un punto. Hace más de catorce siglos que se universalizó el punto, Imelda; no queda comunidad científica en este sistema ni los colindantes que use la coma para representar los decimales. Repito, quizás deberías revisar...

Imelda se lanzó súbitamente hacia el ordenador de Laura, lo desbloqueó y se puso a jugar con el modelo, buscando el error que pudiese darle la razón. De subsistema en subsistema, su ojo recorría las conexiones buscando alguna falla que explicase lo sucedido. Pero no había nada.

Mientras tanto, Laura ya estaba cargando el modelo general y conectando el holoproyector.

—No es posible…  —farfullaba Imelda, mordiéndose los labios, volviendo a estudiar al detalle lo que ella misma acababa de revisar. —Tiene que haber algo aquí…

Solo cuando la parte del sistema de la que se había encargado Imelda estuvo ocupando la totalidad de la habitación giro ésta la cabeza. Laura, con una serie de movimientos de mano que a Imelda le recordaban a algún arte marcial ya olvidado, destacó el integrador que había justo antes de que se iniciase el lazo de la retroalimentación. Dio la orden al ordenador para que mostrase las propiedades del bloque y de repente todo tenía sentido.

—No puedo creerlo…  —murmuraba Imelda para sus adentros.

—Cómo puedes ver, los límites del integrador no están…

—No tuve en cuenta que el ángulo no se reiniciaba…  —decía Imelda, aun hablando consigo misma.

—…correctamente definidos. El ángulo está limitado a dos veces pi, por lo que…

—¿Desde cuándo lo sabes?  —la volvió a interrumpir Imelda, ahora llorando.

—Bueno, estaba revisando…  —empezó a explicarse Laura intentando aguantarse una risa que aunque asomaba se perdía entre los bufidos de Imelda.

—Llevamos tres horas y media buscando el fallo. Y lo has sabido todo este tiempo…  —murmuraba Imelda para sus adentros, con las manos en la cabeza. — Sabes que no nos pagan por horas sino objetivos.

—…el modelo y noté al iniciarlo que el ángulo se limitaba. Supuse que sería algo en tu…
—No, no lo supusiste, ¡tenías claro dónde estaba!  —siguió Imelda, llorando mientras empezaba a reírse. —¡Lo has hecho a propósito!

Fue entonces cuando una se lanzó a por la otra y tanto las palabras como el orgullo se ahogaron en un largo y apasionado beso.

—¿Te das cuenta que podríamos habernos tomado el día libre si no fuese por tu querer darme una lección?  —le reprochó Imelda a Laura.

—Bueno, pero viendo como estabas estos días, te la merecías un poquito… —respondió mientras llevaba el índice a la punta de la nariz de Imelda y la daba un leve golpecito antes de pellizcarla.

Riendo, enviaron el modelo al departamento de montaje para que hicieran su parte de la magia; su trabajo ya estaba hecho. Pasaron por el laboratorio de arcos, el de biomecánica y los otros a saludar, y aprovecharon para avisar en montaje que ya habían enviado el archivo.

Tras pasar por la cámara de descontaminación, recogieron sus pertenencias y se cambiaron. Se despidieron de Ildefonso en recepción y marcharon juntas, en sus dos manos derechas volviendo a brillar los anillos que habían tenido que quitarse al entrar al laboratorio.

Hay cosas que nunca cambian.

lunes, 26 de marzo de 2018

Pequeña presentación

Nunca se me han dado bien las primeras impresiones, menos aún cuando se refieren a explicar qué es lo que escribo.

Llevo unos meses trabajando en una historia de ciencia ficción que no busca destacar la aventura y la acción, sino que se centra en lo que es el entendimiento con lo que pudiese encontrarse fuera del sistema solar, la evolución personal de los personajes, como el avance tecnológico afecta (o no) a la humanidad de las personas... Convirtiendo los sucesos en una consecuencia y complemento de los personajes, que es donde busco centrar la atención.

Pero bueno, "trabajando" es un decir, porque estoy hasta arriba de trabajo de la universidad así que no he escrito mucho este 2018. Pero ayer cambió un poco la cosa, y como lo que estaba escribiendo es para presentarlo a un concurso que requiere un blog, pues he decidido crear esto.

En general estará todo en castellano, pero me gusta jugar con los idiomas así que seguramente se cuelen cosas en catalán, francés, inglés o algún otro idioma en los textos. Aún así, si se me cruzan los cables algún texto puede acabar siendo enteramente en otro idioma.

El caso es que el blog estará centrado en lo que es la construcción del universo sobre el que los personajes se moverán. Lo que colgaré serán historia sueltas que, aunque ligeramente relacionadas, son lecturas independientes. Es por eso también que no uso el blog que tuve entre 2013 y 2017 y empiezo de 0; este blog se dedicará exclusivamente a eso.

¿Por qué 22018? La verdad, no quería ir a por nada complicado; iba a llamarlo 2218 pero me pareció de 200 años después de hoy se quedaba corto, por lo que prefería agregarle un 2 a la izquierda en vez de cambiar el 0. Solo quería que fuese directo y dejase claro que lo que escribo se da en un futuro que planteo. Cabe decir que soy muy optimista, o si no yo al menos la situación que planteo lo es. Aviso para que no coja por sorpresa.

Me llamo Nacho, y éstas serán algunas de mis historias.