Kraal'thar no sabía cómo habían hecho para ahogar el olor. A su alrededor, cerca de tres docenas de criaturas en peligro de extinción estaban expuestas en jaulas microaclimatadas, todas a la venta. Eran machos o hembras ya infértiles, y el dinero conseguido con su venta se usaría para la protección y mantenimiento de dichas criaturas. Pero eso no cambiaba que seguían enjauladas.
El mercado de Sagarad era algo único en la galaxia; de acceso restringido, contaba con unas tasas de acceso que se escapaban del alcance de cualquiera que no fuese parte de ese minúsculo grupo de gente que era dueña de la economía de la galaxia. La única razón que hacía posible que Kraal'thar estuviese ahí era su uniforme, aunque por cómo lo miraban no tenía duda de que si pudiesen lo meterían en una jaula a él también.
A sus nueve ojos no se les escapaba nada. Su barba, cuyo color normalmente cambiaba según el peligro, envolvía una cara preocupada. Cubiertos de mucosa y posados en la punta de unos pelos cuyo color no paraba de cambiar de fucsia a ocre y de cian a rojo escarlata, unos receptores olfativos se perdían entre la marabunta de perfumes que se peleaban en el mercado. A Kraal'thar le hubiese encantado relajarse y lucir un color uniforme, pero la situación le ponía de los nervios.
Caminando mientras entrecruzaba los dedos de sus ocho brazos para intentar relajarse, buscaba a un nativo de Barandor. Normalmente los tentáculos y la mucosa que les solían colgar de la cara eran suficiente para destacarlos entre la multitud, pero en el mercado de Sagarad eso no podía ser considerado llamativo.
El estridente grito de un quinperrey le hizo tropezar, interrumpiendo así su letárgico caminar. El pelaje de la criatura se había vuelto de un azul metálico que, según creía recordar, significaba dolor. El susto hizo que chocase de lleno con una señora cuyos corazones se pararon al instante debido al horror. La mujer corrió aterrorizada hacia la zona de desinfección más cercana mientras gritaba enajenada en un idioma que, para variar, no entendía. Al parecer pedía que lo arrestasen, pero en cuanto se le acercaron los guardias le bastó con un gesto para que le reconociesen y le dejasen tranquilo.
Ya era su noveno día estándar en el mercado. Si hubiese sido su primera vez aquí quizás hubiese admirado los puestos, las ropas o la tecnología de protección que usaban. En una sociedad galáctica dónde visitar planetas exigía el uso de trajes de aclimatación o domos adaptados para evitar contagios y plagas, la cuasi desnudez de los personajes que visitaban el mercado de Sagarad era una marca de estatus.
Era por eso que le sería aún más complicado encontrar al barandoriano que buscaba. Su obsesión por la biotecnología hacía que a vistas de otras especies ellos siempre pareciesen estar desnudos, si no se tenía un cierto conocimiento básico de su anatomía. Pero en Sagarad Kraal'thar se arriesgaba a que lo que para él parecía ser un barandoriano vestido de forma grotesca fuese en realidad un excéntrico dhril o un yagarán envejecido, y acusarlos erróneamente le podía costar la vida.
La parte buena era que tratar con nativos de Barandor significaba que de los ochocientos veintitrés cuadrantes del mercado solo tenía que estar al tanto de los diecinueve dónde había bienes biológicos. La parte mala era que se pasaba los días entre animales en cautividad, esclavos de comercio justo y comida que nunca podría pagar.
No pudo evitar reír un poco ante la idea. Al parecer para evitar crisis políticas la galaxia se había olvidado de los derechos fundamentales de toda forma de vida con un ápice de consciencia. Para contentar a ambos lados, algún genio en una comisión de vaya usted a saber qué sistema había llegado a la conclusión de que había esclavos regulares y esclavos irregulares. Aunque el decreto-ley había permitido la liberación de miles de trillones de seres, aquellos cuyas familias habían sido históricamente esclavizadas o los que hubiesen decidido vender años de libertad se veían ahora condenados a seguir unas leyes de subordinación que los privaba de la capacidad de siquiera decidir si podían lavarse los dientes.
Por mucho asco que le diera moverse entre negreros y esclavistas, allí era dónde había más probabilidades de encontrar al barandoriano.
─Releven'thar, ¿íchabal norga?
─Releven'dhira. No hablo girontés, ¿en qué puedo ayudarle?
Molesto al descubrir que un agente del orden no hablaba su idioma, el baboso ente que le había interrumpido activó el traductor y el modulador de voz que llevaba encima antes de responderle.
─No entiendo para qué te pagan. Es la cuarta vez que pasas por aquí hoy. ¿Te envía Koroth para sabotearme? ¿Es tan incapaz de criar esclavos decentes que se ve obligado a atacar mi negocio enviando a alguien cuyas pintas alejen a los clientes?
─Mira, estoy de servicio, si tienes alguna queja puedes dirigirla a...
─De servicio mis ûglan-dhar. Si te vuelvo a ver por aquí te meto en una jaula con el resto.
─Puedes intentarlo. Pero como ya te he dicho, estoy de servicio. Ocupado. Trabajando. Así que seguiré haciendo lo que hago y no vas a...
─¡Îr'krava-thalässa!¡Barbrad! ─le interrumpió a gritos la misma mujer con la que se había chocado minutos atrás.
─Hay que joderse.
─¡A tí si que te voy a joder bien como no te vayas de aquí y te lleves a esa loca!
Antes de que pudiese tener la situación bajo control, algo le golpeó la espalda y le tiró al suelo. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo que había estado pasando. ¡El barandoriano le había estado siguiendo!
─¡Alto! ¡Comisión Intersistemas de Ejecución! ¡Deténgase!
─Corre tras él y déjame en paz bola de pelo. ─dijo el negrero antes de escupirle.
La mujer, que aparentaba ser nobleza de algún sistema perdido por el inexplorado cuadrante veintiséis, seguía gritándole mientras se levantaba y salía corriendo detrás del barandoriano.
Era fácil seguirle el rastro; no era solo que con las prisas y el estrés soltase una cantidad de baba descomunal, sinó que además al ir a la carrera y sin cuidado iba chocando con la gente que había en el mercado así que fijándose en las caras de asco y aquellos que atolondrados se dirigían a las zonas de desinfección podía saber exactamente por dónde había pasado y a dónde se dirigía.
─Barandoriano, estatura media, se dirige a la salida doce. ─anunció al personal de seguridad usando el transcomunicador. No hacían falta más detalles, no solía haber muchos barandorianos en el mercado, y aún menos a la fuga.
Tras atraparlo y revisar sus pertenencias al llegar a la sala de control y procesamiento, se sorprendió al no encontrar nada robado. Lo poco que llevaba encima el Barandoriano era un ente de ondas que cumplía la función de bolsa electrónica de créditos y un portahumedad.
─¿Se puede saber por qué corrías? ¿Qué has hecho?
─No hablaré sin mi abogado delante.
─Hay que atizarle, señor. ─le dijo el guardia humariano que lo acompañaba, cansado después de haber escuchado ese mismo intercambio catorce veces.
─No podemos golpearlo, podríamos meternos en un escándalo.
─Pero con éstos siempre es así, señor. ─dijo mientras se acercaba al barandoriano.
Kraal'thar intentó detenerlo, pero cuando un humariano quería darle a alguien no había forma de pararlo. Para su sorpresa, el guardia controló mucho el golpe, y el sabandoriano perdió lo que parecía ser una boca protésica, dejando al descubierto una boca aún más sucia y bañada en toda la baba que se había quedado atascada en la prótesis.
─Si se fija aquí... ─le dijo el guardia mientras recogía la prótesis bucal y la apretaba mientras se la acercaba a Kraal'thar.─...tiene una especie de compartimento. Los dientes funcionan como una especie de tijera o tenaza. Así roban sin que parezca que usan utensilios.
─¿Y qué ha robado nuestro amigo exactamente?
─Yo diría que esto son pelos bulianos. ─dijo algo asqueado el guardia mientras le mostraba unos pelos multicolor que poco a poco se ennegrecían.─ ¿Son suyos?
Molesto, Kraal'thar se giró hacia el barandoriano y lo abofeteó; sin lugar a dudas, la inmunidad que le concedía tratar con un culpable era de las mejores partes de su trabajo.
─¿Qué hiciste con el quinperrey? ¿Por qué hoy y no el primer día si yo era tu objetivo?
─Lo pelos de quinperrey valen tanto como los tuyos o más, no iba a dejar pasar la oportunidad. ─respondió el barandoriano, sabiendo que una vez demostrado su culpabilidad lo único que le protegía era la colaboración. ─Y ese quinperrey llegó hoy al mercado.
─¿Y por qué mis pelos?
─Los pelos bulianos son una maravilla en lo que se refiere a bioingeniería natural. Me ofrecen mucho a cambio de ellos. Créeme, más de uno de los ricachones con los que has estado paseando estos días adoraría tenerte metido en una jaula o usarte como si fueses una herramienta cualquiera. Te tirarían en cuanto te desgastases o te venderían como si de un mercadillo de segunda mano se tratase. Yo trabajo para uno de ellos que fue lo suficientemente listo como para mantenerme a mi con los ojos vendados y a él anónimo.
─¿Y por qué robarlos de mí? ¿No podías esperar a que fuese al barbero y robar la basura? ¿O pedírmelos?
─Sabe bien usted que no, agente. Los necesitaba frescos para analizarlos, que es lo que estaba haciendo hasta que su amigo el bruto me arrancó la prótesis. Si los robase del barbero estarían ya resecos, y si se los pido a usted solo me dará los muertos.
─Hurto con violencia, violación de espacio privado, quebrar la ley de contacto y protección... por no hablar del robo de biomaterial registrado a nivel especie en todo sector regulado de la galaxia.
─Sagarad no es un sector regulado.
─En eso no le falta razón. ─dijo el humariano, algo molesto.─ Pero puedo hacerle cantar por algún crimen más si lo ve usted necesario, agente.
─No, no... será suficiente.
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