─ ¿Nos importó alguna vez el deberíamos?
Tenía razón. No tenía sentido preguntarse eso ahora. Bajo un cielo estrellado, adornado por los intermitentes cometas que ardían en la distancia viéndose a ratos sí y a ratos no, nada podía pararlos. La besó y pateó la puerta preparándose para vaciar sus pulmones de aire.
─ ¡Manos arriba y nadie saldrá herido! ¡De rodillas! ¡Al suelo, al suelo!
En cuestión de segundos todos los clientes y trabajadores del banco central de Nueva Quito estaban arrodillados en el suelo con las manos arriba. Entrenados para seguir órdenes. Todos menos tres, que como siempre eran guardias humarianos.
El Chueco oyó tres disparos y, unos segundos después, sintió unos labios húmedos que le besaron la mejilla antes de susurrarle algo al oído que no entendió.
Las luces que iluminaban el banco, un edificio que se ajustaba la creciente tendencia de construir todo en base a una única habitación titánica, se fueron apagando de una en una. Como si de un narrador se tratase, el Chueco las nombraba mientras las seguía con los ojos.
─ Corredor 32C, esquina 32D, corredor 33, desvíos 33D y 33I, ¡Salta!
El suelo se electrificó durante medio segundo, dejando a todos los clientes y una gran cantidad de trabajadores inmóviles en el suelo. Pero no los de seguridad.
─ Llevan botas y pantalones aislantes. ─le dijo Valencia mientras fríamente le disparaba a cuatro vigilantes que se habían movido aprovechando la distracción del salto.
─ Sabes que esa precisión es lo que me enamoró.
─ Pensaba que habían sido mis ojos.
─ No, eso solo hizo que me fijase en ti. Sabías que cuando me...
─ No es momento para esto, ¡Pasillos 41D, C e I!
Como si de un autómata al que le hubiesen dado una nueva orden se tratase, el Chueco se volvió a centrar en las luces. Esquinas 41D e I. No quedaba mucho para las torretas automáticas. Corredor 41C. Que eran 5 si no recordaba mal. Paseo 40T50. Por suerte de eso se encargaba Valencia, y ella tenía mejor memoria.
─ Corredores 51 y 52, Barandas 10, 20, 30, 40, 50, 60, Apagón total. ¡Torretas!
Cuatro fueron las balas que el Chueco oyó a Valencia disparar. Cuatro balas precisas, seguidas de pausas definidas, de longitud relativa al giro que ella tenía que dar para cambiar de objetivo. Y de repente oyó otro disparo.
─ ¿Has oído eso? ─dijo Valencia enfurismada.
─ Tranquila, sabes que lo ha hecho solo porque...
─ Ni solo ni nada, ¿teniéndome a mí aquí impartiéndole una masterclass gratuita viene a dispararme? ¡Y encima ni siquiera me mata! ¡Como si no le hubiese enseñado nada! ─Valencia se quitó la máscara protectora, cuyos anteojos estaban ya rotos e inservibles, y la tiró al suelo. Al hacerlo, la bala que reposaba sobre el cristal derecho de las gafas de la máscara se salió, y su ruido metálico se repitió a lo largo y ancho de la sala. ─ ¡Debería enseñarte a disparar apuntando a tus compañeros de trabajo! ¡O a tus hijos! Pero te salvas, ¡hoy no tengo tiempo! ¡Zopenco!
─ Valencia cariño, nos quedan menos de siete segundos para que...
Fue entonces cuando le quitó la máscara y le dijo que respirase hondo y cerrase los ojos. Como se esperaba, lo besó de la misma forma que él lo había hecho antes de patear esa puerta. Al acabar el beso, la neurotoxina Begaroth-E3 inundó la sala y en cuestión de segundos el aire dejó de ser respirable.
─ Voy a necesitar esto. ─le dijo Valencia mientras le quitaba al Chueco el microordenador que llevaba en la mano.
Lo último que oyó fueron catorce disparos. Rítmicos, calculados, precisos. Catorce disparos, cada uno seguido de ese ruido seco, casi mudo, que hacían los cuerpos de los guardias al caer al suelo. Tres en la primera planta, dos en la segunda, cuatro en la tercera. dos en la cuarta y tres en la quinta. Al parecer los de la planta baja habían decidido quedarse arrodillados y portarse bien.
...
Lo despertó una lengua que recorría su cara. Una lengua rasposa, que iba acompañada de un aliento a arroz del día anterior y sobras de pollo. Los ladridos que siguieron a la interrupción de los lamidos hicieron evidente que quien lo acompañaba no era otro que su perro Ecuador.
─ Me preocupaste.
Era Valencia. Sin la máscara y con lágrimas en la cara era todavía más linda. Fue entonces cuando se dió cuenta de que le había vuelto a mentir; sí que le debía el haberse enamorado a esos ojos marrones, sólidos, firmes, llenos de esperanza.
─ Bajaste la guardia. ─le respondió cocorito.
Valencia se le acercó para darle una bofetada, pero se adelantó al gesto y, tirando sin querer a Ecuador al suelo, se medio levantó de la cama y la besó.
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