martes, 19 de enero de 2021

Lo que pasó en Tatapúa

Benjamín era un preso. Los carceleros que lo guardaban sabían mucho de Benjamín, pues llevaba allí décadas. Aunque ellos iban y venían, Benjamín era una constante. Los veía llegar jóvenes, les escuchaba hablar de sus bodas y sus primogénitos, de sus fortunas y desavenencias. A veces a quien escuchaba hablar no era a sus carceleros sino a sus viudas, y los lloraban juntos.

Benjamín era un preso algo distinto. Se pasaba los días hablando con toda persona que se le acercase, y tenía algo dentro que hacía que fuese fácil abrirse a él. Uno pasaba al lado de la celda, Benjamín lo saludaba y tras hacer contacto con esos ojos avellana blanqueados por el tiempo no podía evitar pararse a hablar un rato. 

A Benjamín le contaban todo, y él reciprocaba. Y aunque Benjamín contaba entre sus hazañas con hechos de amor, trabajo y dinero, esas no eran las historias atrapaban la atención de aquellos con quienes charlaba. Una cosa que tenían en común los hijos de la paz era ese mórbido interés por la guerra, aquel tabú del cual nadie más hablaba. Pero Benjamín les contaba.

Las historias de la guerra que contaba Benjamín se centraban en sus días cómo soldado. Les contaba triste cosas que había hecho porque se las habían ordenado. No culpaba a nadie por su destino; Benjamín sabía que a la hora de repartir las cartas no nos tocaban las mismas a todos. Él no había tenido suerte. Un poco de hambre y una adicción habían convertido el servicio militar en su única alternativa a la prisión.

Por aquel entonces a la gente se la juzgaba por su pasado. Y al estado no se le daba bien perdonar, por lo que Benjamín pasó sus primeros meses limpiando baños, cocinas y comedores. A veces limpiaba pasillos, y en ellos algunos de sus superiores se perdían en aquellos ojos avellana, todavía por blanquear. Poco a poco, Benjamín iba ganándose la confianza de sus superiores. Nunca olvidaría la primera vez que el general Durán Ordóñez le sonrió. 

Esa sonrisa fue el primer paso adelante en su carrera, que de ahí se disparó. Según decían sus superiores, Benjamín era el tipo de hombre destinado a grandes cosas. Pero grande no siempre significa bueno. Además, lo que parece bueno ahora puede no serlo cuando, ya pasado, reflexionamos al respecto. Benjamín cree que quizás le hubiese convenido quedarse limpiando pasillos, pero por aquel entonces ser reconocido lo hacía feliz.

Como ya hemos dicho, Benjamín había pasado hambre de joven. Se había visto obligado a hacer cosas que no quería con tal de poder llevar una hogaza de pan a casa. Pero ahora eso ya no le preocupaba. No pasar hambre hace que sea más fácil hablar con la gente sin ser juzgado. Y cuando a uno le dan la oportunidad de hablar, se la dan también de escuchar. Escuchando, Benjamín aprendía.

No todo le gustaba a Benjamín. Había órdenes que le dolían, pero de alguna forma separaba su ser de esas decisiones. Se decía a sí mismo que él no hacía cosas, sino sus superiores. Él solo era una máquina; le daban una orden y cumplía. Le usaban para lo que hacía falta, y cuando no le necesitaban lo guardaban en el cajón de herramientas. Benjamín escuchaba, aprendía y sabía seguir órdenes, así que no sorprende que sus superiores admirasen su trabajo. Escuchando había aprendido a no cuestionar, al menos no antes de hacer las cosas.

Porque Benjamín era un buen soldado, y los buenos soldados no dudan hasta después de haber hecho algo. Si se le ordenaba quemar una villa, lo hacía. Al caer noche, solo en la cama ante Dios y su juicio, se permitía dudar al rezar. Si le señalaban a alguien disparaba, sin importar cuántos hijos o nietos hubiese de testigo. Y no era hasta justo antes de irse a dormir que dedicaba un momento a las lágrimas que provocaban sus actos; ¿echarían de menos esos críos a sus padres o abuelos tanto como Benjamín extrañaba a los suyos?

Pero como hemos dicho, solo dudaba a la noche. El momento para esas preguntas lo tenía claro; nunca antes y siempre después. Pero poco sentido tiene insistir en lo bueno que es alguien en su trabajo si no vamos a contar qué pasa cuando falla. Y es que llegado un día, Benjamín flaqueó.

Benjamín dudó aquel día en Tatapúa. No era distinto al resto de poblados que le habían ordenado barrer, al menos no a simple vista. Según les había explicado Ordóñez, Tatapúa tenía lo que todo pueblo; casas, una escuela, un hogar de culto y un ayuntamiento. En Tatapúa había también unos lavaderos y un pozo que, por aquella época del año, andaba algo escaso de agua. Todos andaban escasos de agua por aquella época del año.

Como decimos, nada distinguía a Tatapúa. Las fiestas del pueblo eran en julio o agosto, y celebraban también algún que otro patrón en febrero. Para año nuevo las familias se juntaban en la plaza del pueblo, y las obras de teatro que representaban en el ayuntamiento de tanto en tanto, aunque entretenidas, no eran nada del otro mundo. 

Lo que sí era de otro mundo era la determinación de Benjamín. Es por eso que les pido por favor que no se menosprecie su capacidad para no cuestionarse las cosas. Créanme cuando les digo que Benjamín luchó hasta el último momento contra sus dudas. Pero nada que hubiese escuchado antes le había preparado para lo que pasó ese día en Tatapúa. Se suponía que iban a reclamar el uso del pozo del pueblo para los propósitos de la nación. Ante la negativa de los agricultores, el estado envió al ejército.

Como tantos otros pueblos fronterizos habían hecho antes, Tatapúa envió una soldado a recibirlos. En todos los pueblos los había ido a recibir una sola persona, aquella considerada el guerrero más fiero. Tradicionalmente, evitaban derramar sangre inocente compitiendo entre los dos mejores soldados. Pero Benjamín sabía que eso no importaba, pues se lo habían dicho. Durán Ordóñez y el resto de generales no le daban importancia la forma tradicional que esos pueblos tenían de hacer la guerra.

Alguien que cumplía órdenes casi tan bien cómo Benjamín le puso tres balas en el pecho a la mujer que había enviado Tatapúa. Una vez un sujeto al cual no se le daba bien seguir órdenes había decidido luchar mano a mano con el guerrero enviado, y tardó unos tres minutos en morir a manos del pueblerino. A los generales eso les importó poco, pues alguien que sí seguía órdenes puso tres balas en el cuerpo de dicho guerrero y se procedió al saqueo. Pero en Tatapúa nadie había dudado.

Una vez caída la soldado, los habitantes de Tatapúa se prepararon para huir como tantos otros pueblos habían hecho antes. Corrían de aquí para allá, abrazando a unos y besando a otros mientras buscaban alrededor del pueblo aquello que consideraban indispensable. De entre el caos salió una civil envuelta en un largo vestido blanco alborotado por el viento. Caminó hacia ellos siguiendo un tempo que desconocían, como si estuviese a punto de bailar. El ritmo lo marcaba la brisa, pero entonces eso les era ajeno a los militares. El viento cambió de dirección y, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para ser oída sin gritar, habló.

─No estoy aquí para desearos mal alguno. ─empezó para sorpresa de Benjamín y sus compañeros de armas. ─Como tantos otros antes, nosotros no aceptaremos su tiranía, pues nuestra tierra no nos lo perdonaría jamás. Os deseo paz, pues a todos nos hace falta. No puedo juzgaros por alzaros en armas, pues lo que os trae aquí no es más que una caprichosa decisión del destino. En este retorcido juego que es la vida somos esclavos del sino, y nadie puede saber con certeza cómo habría actuado bajo las condiciones que a otros aprietan.

Aquel ejército la escuchó. Callaban atentos mientras ella les contaba sobre la mezquindad del azar. Cabos, sargentos, tenientes y generales tenían sus miradas fija en esos ojos avellana mientras ella decía perdonarlos. Según sus palabras, aunque estaba en manos de todos dejar atrás la violencia y el sinsentido, la vida no le daba a todos la capacidad de distinguir cuándo bajar un arma podía de verdad marcar la diferencia. En cuanto calló, Durán Ordóñez dio la orden de disparar.

Y Benjamín disparó. La chica, aún frente a ellos, se tomó el acto como un pistoletazo de salida y empezó a bailar. Ante la crítica mirada de sus superiores, Benjamín volvió a disparar. Pero la chica seguía bailando. Inmutable, acompañada por el polvo, la tierra y la arena que a su alrededor se levantaban ligeramente, danzaba ante Benjamín y sus compañeros de armas. Alguien gritó y Benjamín vació el cargador, pero no servía de nada. Se le ordenó a otros dos soldados hacerlo, y por mucho que disparasen la mujer no caía.

A alguien se le dio la orden de acercarse y ejecutarla disparando a quemarropa, pero sirvió de poco. Vació el cargador sobre ella, tal como le ordenaron, pero no funcionó. Las balas se deshacían antes de siquiera tocarla. Atónito, miró el suelo, se agachó y tras coger un poco de tierra se la llevó a la boca. Poco después cogió un puñado y se lo acercó a su superior antes de volver a su puesto. Los generales se marcharon y tras quince minutos Durán Ordóñez se posicionó ante el ejército, de espaldas a la bailarina.

─¡Sal! ─empezó el general Ordóñez mientras señalaba a la mujer. ─¡Esta bruja no esquiva nuestras balas! ¡Las convierte en sal! En la capital necesitan el agua del pozo. La supervivencia de nuestros vecinos, familias y niños depende de ese pozo. El ejército de la república ha recorrido incontables quilómetros para salvar a sus compatriotas, y así es como estos salvajes nos responden.

El general se agachó un momento y cogió un puñado de tierra.

─¡Compruébenlo ustedes mismos! ─decía mientras recorría la primera fila poniendo un poco de tierra en las manos de cada soldado. ─Sepan de primera mano como se burlan de nuestra sed.

Benjamín se llevó a la boca el puñado de tierra que el general Durán Ordóñez le había puesto sobre la mano. Aunque no era como la que salía de la salina del pueblo donde había nacido, pero era sal. Sucia y extraña, pero sal. Benjamín y sus compañeros seguían haciendo muecas cuando el general Durán Ordóñez se apartó del frente y dio la orden de disparar.

Las balas silbaron al unísono, y donde estaba la chica se formó una nube de polvo blanca. La sal fue a parar al suelo, donde el girar de sus tobillos dibujaba curvas entrelazadas. Sus pies aceleraban a medida que recorrían ese trazado, marcando el son de aquel viento arreciante.

En Tatapúa las cosas se habían calmado. Vestidos con dos o tres capas de ropa para poder cargar más, los vecinos habían preparado ya sus petates y se amontonaban mirando hacia el monte donde se encontraban los invasores. Como si fuesen parte de un telón de fondo, Benjamín no se fijó en ellos hasta que alguien dio la orden de dispararles. Había que cumplir órdenes. Si cumplía con lo que pedía Durán Ordóñez todo acabaría antes y podrían volver a casa.

No fueron pocos los militares que marcharon hacia el pueblo, dejando atrás el monte, los generales y la bailarina. A medida que se acercaban la muchedumbre se dispersaba. No todos los invasores eran como Benjamín; muchos de ellos habían dejado atrás las dudas antes de que él siquiera robase pan en el mercado del pueblo. 

Eran seres crueles y retorcidos, tan merecedores de rabia como de pena. Algunos habían hecho cosas que aunque disfrutasen no se contaban ni entre ellos; aún entre monstruos se censuraban, pues cada uno dibujaba la línea dónde le convenía. Lo último que necesitan ese tipo de animales es descubrirse y juzgarse entre ellos, pues no pueden permitirse el lujo de tener una conciencia con la que discutir. El dudar habría hecho imposible que siguiesen con sus vidas como si nada, así que todos tenían excusas rápidas para justificarse el haber llegado tan lejos.

Pero Benjamín, que no era como ellos, dudó. En cuanto esas bestias fieras y salvajes que había considerado compañeros hicieron contacto con Tatapúa se lo cuestionó todo. Corrían hacia las familias locales y les disparaban a quemarropa, esperando tener ese chute de adrenalina que les daba el terror ajeno. Pero los pueblerinos no caían; seguían corriendo ante los atónitos invasores, dejándolos atrás, confusos y enrabiados.

Los generales daban por buena la maniobra, pues una vez vacío era más fácil arrasar el pueblo. Solo les interesaba el pozo, y no querían tener que volver a echar a esa gente. No podían regresar si no había dónde volver a asentarse. Pero el quemar el pueblo se quedó en intento.

Todo fuego que encendían se apagaba al momento, dejando tras de sí un rastro de sal. Armado con un sable, un general se acercó a la bailarina e intentó asestarle una estocada, mas en cuanto la hoja entró en contacto con la mujer el arma entera se deshizo y, dejándose llevar por el viento, la sal bailó al ritmo de la chica.

En el pueblo los salvajes tiraban de impulso e instinto, usando sus manos donde fallaban las antorchas. Pero el cambio de arma no cambiaba el resultado, y a cada golpe que daban su cuerpo se deshacía en sal. Ver a sus compañeros descomponerse a su lado no evitaba que siguiesen intentándolo, pues para algunos la muerte era lo único que podía darles una paz que nunca nadie hubiese dicho que merecían. Aquellos que se quedaban sin brazos usaban las piernas, el pecho o la cabeza, que poco a poco desaparecían en aquella tierra salina que el viento revolvía por Tatapúa.

Benjamín ya no dudaba cuando vio al Durán Ordóñez, el único general que seguía vivo, lanzarse a por la bailarina. Las manos de Durán rodearon el cuello de la mujer durante muy poco tiempo, sin llegar en momento alguno a interrumpir la danza. El general intentó asirla con las manos, los brazos y la boca hasta que no quedó nada de él. Quieto y ajeno a sus alrededores, como una oruga metamorfoseándose en mariposa, Benjamín se perdió en la tormenta de sal. 

Cuando despertó de su trance, ante Benjamín no quedaba ni rastro de Tatapúa o de aquella mujer que se les había plantado enfrente. Fue por aquel entonces que lo arrestaron. Me gustaría poder decir exactamente cuando o el por qué, pero es difícil. 

Respecto al cuando, hay historiadores que se creen capaces de situar el asedio de Tatapúa en el tiempo, pero todos niegan que algo fuera de lo normal sucediese. Según ellos, Tatapúa siempre había sido un campo de sal, y las pocas casas que debía haber habido ahí tenían que ser de aquellos que comerciaban con lo único que abundaba tras esa colina. Sobra decir que se equivocan, pero es difícil documentar lo contrario.

Y en lo que se refiere al por qué, se barajan dos opciones. Basándose en que sus hazañas militares son ciertas, hay quien dice que le encerraron por crímenes de lesa humanidad y se olvidaron de ejecutarlo. Otros, poco afines al régimen, dicen que el lugar donde estaba de pie era propiedad del duque de Osorio, quien castigaba el allanamiento con perpetua. Fuese cual fuese la razón, Benjamín no recuerda que se la hayan contado, y un incendio arrasó con los documentos que podrían haber aclarado la duda.

Siendo Benjamín el único testigo ocular viviente, hay otra duda que acecha las mentes de aquellos que creemos en la veracidad de la masacre de Tatapúa; ¿durante cuánto tiempo bailó la heroína?

Benjamín no podía dar una fecha exacta respecto a cuando empezó, pues "el ataque a Tatapúa empezó como otro cualquiera, sin importancia ni registros". Tampoco podemos saber cuando paró de bailar, aunque sí sabemos que la tormenta de arena se encargó de que no quedase nada de Tatapúa. Hay quien dice el acto duró horas, otros dicen que meses. Yo creo que tratar de acotar algo tan grande y único a una métrica tan limitada como la humana carece de sentido, y defiendo que el baile duró lo suficiente.

Benjamín coincide conmigo, aunque matiza que fue lo justo y necesario. Lo justo para permitirle a él sobrevivir, perdonado como estaba por la dama, y lo necesario para que los vientos casi huracanados arrasasen los edificios hasta los cimientos. Como dijo la heroína anónima, Tatapúa se salvó de una eternidad en manos de tiranos.

Porque aunque dónde antes estaba Tatapúa solo quedan minas de sal, los descendientes de aquellos que pudieron huir viven para contarlo. Ignorantes a propósito o por accidente de haber sido salvados, se saben víctimas de una invasión y una tormenta que borró su hogar del mapa. Benjamín dice haber coincidido con más de un superviviente en sus años en la cárcel, habiéndolos conocido a ambos lados de las rejas. Al igual que en el resto del mundo, en Tatapúa no todos recibían las mismas cartas.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Jorge y el extraño

En contra de lo que se suele creer, el miedo y la soledad no son una enfermedad que se extiende, sino una bestia. Se comportan como un dragón que nos apresa en su torre y disfruta de ser dueño exclusivo de nuestro destino.
 
Jorge pasaba esa nochebuena solo en casa. Durante el día había paseado con su hermana Daniela y su mujer. Habían ido de pícnic al parque con los críos, siempre con sus distancias y mascarillas. Pero ahora daban las doce, y estrenaba la navidad con la única compañía que le permitía la pandemia; la Hermes Baby de su abuelo y una botella de tinto.

Cuando trabajaba usaba papel u ordenador, pero para ocasiones especiales le gustaba desempolvar la máquina de escribir. Dada la situación quería escribir algo optimista; un cuento navideño donde abundasen los abrazos al despedirse o unas cartas que enviar a la familia en Argentina. Pero no había manera.
 
Aunque las palabras le salían a borbotones, no eran las que quería. Solo y aislado, tomaba control de él una añoranza amarga y rabiosa que destilaba a través de sus palabras, como quien suda oliendo a alcohol tras beber demasiado.

Buscando escribir y sortear tal oscuro bloqueo, silenció del todo un móvil que vibraba de forma intermitente con felicitaciones de navidad. Escondió el aparato detrás de la foto familiar que tenía en el escritorio. Se la habían hecho en Buenos Aires durante las últimas vacaciones que habían compartido con sus padres y la familia de su hermana.
 
Cada página dedicada al miedo y la soledad acababa en el suelo como bola de papel. Creía que sacándoselas de delante mataba a esas páginas, pero a cada párrafo esa bestia renacía, como regurgitada tras un mal trago.

Agotado tras pelearse con el papel, se fue a dormir a la una de la madrugada. Se durmió fácilmente, pero no fue un sueño placentero. Una pesadilla lo atormentaba, una bestia que le perseguía. Se despertó sin que hubiese salido el sol y fue al baño a lavarse la cara.

Volvía a la cama para intentar recobrar el sueño cuando se encontró al extraño al lado de su casa. El extraño no es un desconocido cualquiera; tiene esa falta de familiaridad que nos es común a todos. Una cara algo afilada que es lo suficientemente familiar como para hacernos dudar inicialmente, y Jorge dudó.

─Sigues solo, Jorge. ¿Vienes conmigo? ─le había dicho la silueta.

Jorge seguía sin estar seguro de quién tenía delante. Desde la ignorancia de no saber quién es, al extraño lo conocemos todos. Muchos no lo reconocen no por falta de información sino por falta de voluntad. Así pasaba con Jorge.

─Mira, tampoco puedo quedarme esperando toda la noche. Me has llamado, ─decía mientras recogía las bolas de papel que había en el suelo─ aunque no te enorgullezcas de ello.

─¿Cómo has entrado?
 
─Oh, ¿no lo recuerdas?  ─olió una botella de vino vacía que había sobre el escritorio mientras le miraba con una sonrisa torcida─ Me dejaste la puerta abierta. Normalmente la gente me espera despierta, pero siendo Navidad te lo dejaré pasar.

─Pero yo no...

─Ya, ya, no lo recuerdas. Lo importante es que estoy aquí, que estamos juntos. Y si estoy aquí es por trabajo.

El extraño sacó un revólver y se lo dio. Jorge se le quedó mirando mientras éste hacía el gesto de pegarse un tiro.

─No, no...

─Mira, yo solo vengo a donde me llaman. Facilito una decisión que ya has tomado.

Acto seguido le cogió la mano que sujetaba el arma y dio tres tiros al aire. Jorge corrió apurado las cortinas para esconderse de los vecinos.

─¡Tranquilo! ─dijo el extraño asomándose a la ventana─ Ni lo han escuchado. Es un arma especial, hecha solo para ti.

No había agujero de bala alguno en la pared, pero los casquillos estaban a sus pies.

─Fue tu decisión, Jorge. Querías acabar con todo esto. ─levantaba en su mano izquierda algunas de las páginas que había escrito esa noche.─ Aquí lo dejas muy claro. Ya no te interesa quién te busca o quién te habla. No es que quieras dejarlo todo, Jorge; lo necesitas.

El extraño le señaló la pistola que tenía en las manos, esperando a que la disparase. Jorge miró la foto en su escritorio, y disparó.

El ruido fue ensordecedor. El casquillo cayó sobre su pie descalzo, y el extraño se llevó la mano derecha al pecho.

─¿Así me lo agradeces? Me traicionas... ─extendió el brazo, su mano imitando una pistola─ ¡BANG!

Jorge se asustó, dejando caer el revólver que fue mágicamente a parar a manos del extraño.

─Me matas de la angustia, Jorge. Me invitaste. Ya decidiste, yo solo cumplo órdenes. ¿Quieres despedirte?

Jorge no quería que esas bolas de papel arrugadas fuesen sus últimas palabras. No podía hacerle eso a sus sobrinos. No podía hacerle eso a su hermana y su mujer.

El extraño se disponía a disparar cuando Jorge le rompió la botella vacía de vino en la mano. La pistola se le cayó de la mano dolorida, pero antes de que llegase al suelo volvía a sujetarla, ahora con la izquierda. Jorge aprovechó ese instante de estupefacción del extraño para darle con el marco de fotos en la cara. El marco de madera acabó hecho añicos en el suelo, esparcido junto al extraño.

Jorge vio el vidrio del marco partido en dos y sin dudar cogió una mitad y apuñaló al extraño. En cuanto el vidrio atravesó su camisa, una luz blanca llenó la estancia y Jorge perdió el conocimiento.

El sol que entraba a través la ventana que había dejado abierta le despertó. Se fue directo al escritorio, sin notar los cristales que pisaba, y se puso a escribir. Escribió sobre pena y soledad, pero no como un acecho y temor sino como ansia de reencuentros. Escribió sobre fríos que requerían abrazos y de oscuridades que invitaban a buscar hogueras donde reunirse.

Tras limpiar la habitación llamó a Daniela y fueron juntos a comprar un marco nuevo.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Y brindamos como antaño

Y siendo los amigos de siempre, brindamos como antaño. Bueno, más o menos.

Normalmente también brindábamos con Ricardo. A Ricardo se le daba mal cocinar, así que sobrecompensaba como mejor sabía hacer; con palabras. Él era el que se ponía a hablar y soltaba esos discursos grandilocuentes que a cualquier otra persona se le atragantaban.

Hablaba de sus viajes, de lo preciosos que eran los almendros en Japón, de sus dos semanas de mochilero en Tailandia, de aquella vez que lo atracaron en Argentina y de los sinsentidos de Dubai, donde lo llevaba el trabajo. Pero ese año Ricardo no estaba con ellos.

Íbamos a ser cuatro en la mesa, y los niños estarían aparte en el salón, sentados en una mesita llena de patatillas y esas cosas que se supone que solo comen ellos. Marta y yo poníamos casa, vino y postre; Ana y Xavier habían preparado gran parte de la cena. Normalmente Ana traía turrones de yema, de almendra y de chocolate que troceaba y repartía en boles, ya que ella era la única que los comía, pero esta vez nos los dio Ricardo cuando lo vimos la semana anterior. Era sorprendente que, tragándolos sin casi masticar como hacía Ana, solo la hubiésemos visto atragantarse una vez desde que nos conocíamos.

A diferencia de los últimos años, Ana y Xavier llegaron temprano; el toque de queda los apuraba. Los críos entraron tan atolondrados como siempre, comparando en vez de juguetes mascarillas, estampadas con superhéroes y villanos de esos que este año no habían llegado a pasar por los cines. Xavier preguntó por la madre de Marta, quien iba más o menos bien dadas las circunstancias.

Ricardo no sabía cocinar, pero sí sabía dirigir una conversación. Lo hacía sutilmente, con pocas injerencias, usando principalmente preguntas cortas y silencios bien calculados. No había entretiempos incómodos ni temas que se alargasen de sobremanera, porque él sabía trocear la discusión y repartirla de forma que todos tuviesen su momento. Pero mantener el hilo no era fácil sin él.

Ana llevaba meses de ERTE, con prestaciones a medio cobrar y gastos que no sabía cómo cubrir. Y aunque ella y Xavi habían tenido una larga conversación en el coche durante el camino dónde habían tratado los temas a evitar, faltaba Ricardo para cortar el rollo.

─Bueno, normal que tengan todo cerrado, ¿qué hacemos sino? ─comenté entre bocado y bocado durante su monólogo.

Siguió a lo suyo sobre cómo no tenía sentido encerrarse para mantenerse con vida si no había de qué vivir después de la pandemia. Habló de líderes cual pollo sin cabeza y de responsabilidades, y de entre la frustración le salió un comentario inapropiado sobre el triaje.

Se volcó un vaso y Marta fue a buscar con qué lavarlo. Xavier le vació un vaso de agua en la cara a Ana y fue detrás de Marta. Un leve llanto de fondo que quedó ahogado por un portazo fue lo único que hizo que Ana se diese cuenta de hasta dónde había llegado.

─Tú es que eres gilipollas.─le dije tras un corto silencio.

─Vamos, Unai, sabes que no...

─Qué sabes ni qué... por favor, con su madre internada. Sé que la cosa está complicada Ana, pero hay que saber cuándo parar, que ya somos mayorcitos.

─Joder, si pasases por lo que hemos tenido que...

─Claro, todo tú, porque la tienda se mantiene sola. Estos meses la gente se ha reventado a comprar muebles. Tanto tiempo encerrados, les pegó por redecorar, ¿no?

─Déjate de sarcasmos, si te entiendo, pero...

─No me vengas con peros, por favor.─alargué la mano hacia el bol de turrón.─Y deja de comer esta basura al menos mientras hablamos, por favor.

Me sacó el bol de un tirón, rodando la mayoría de su contenido por la mesa. Se llenó las manos y lanzó todo a la boca como si fuese una cría, de la misma forma que comía cuando de jóvenes en el piso competíamos a ver quién comía más para no tirar comida. Y entonces nos asustamos ella y yo.

Su cara cambió completamente. Con su cara hacía gestos que nunca había visto, pidiendo ayuda cómo podia. Tosía débilmente, como si no tuviese aire que echar, y yo no sabía cómo ayudar.

─Voy a buscar a Marta y Xavi.─dije mientras cruzaba la puerta embalado.

No había pasado ni medio minuto cuando volvimos a entrar a toda prisa en el comedor. Xavier llamaba al número de emergencias mientras Marta se acercaba a Ana por detrás y le daba cinco golpes duros y secos en la espalda, poniéndole la mano entre los omóplatos.

Yo me fui con los niños para tenerlos tranquilos, y antes de que Xavier llegase a explicarle al teléfono lo que estaba pasando el ruido de una copa de cristal reventando nos sobresaltó.

Marta llevaba cuatro o cinco compresiones abdominales cuando el trozo de turrón salió disparado de Ana directo a la mesa, donde se encontró con su copa de Rioja.

Ana y Marta se abrazaban mientras el vino se esparcía por el mantel blanco. Xavi corrió a unirse al abrazo, pero tropezó con una silla que con las prisas había acabado en el suelo. Por reflejo se cogió del mantel, y todo lo que había en la mesa acabó en el suelo. Nos giramos todos asustados, esperando que nada caliente o pesado hubiese aterrizado sobre él.

─¡Todo bien! ¡Estoy bien! ─dijo con el pecho de la camisa bañado en salsa.

Una vez reído el accidente que había acabado solo en susto nos pusimos a limpiar. Ana y yo nos pedimos disculpas mutuas por lo que habíamos dicho, achacándolo a un momento complicado y cómo estos sustos ponían las cosas en perspectiva.

Acabamos de cenar en la mesa de los niños, para evitar pisar algún cristal roto que hubiese quedado por barrer, y llamamos a Ricardo, que estaba cenando con sus padres. Nos contamos cómo había sido la noche de cada uno y brindamos juntos como antaño. Un brindis dedicado a poder compartir el año entrante.

sábado, 14 de marzo de 2020

El monstruo bajo la cama

Nadie pone en duda su existencia, es algo sabido por todos, de la misma manera que es unánime la aceptación de su hegemonía; nada le disputa el trono al monstruo bajo la cama. Perteneciente a una dinastía milenaria no parlamentaria de pesadillas para el que no duerme, el monstruo bajo la cama es temible como ningún otro. Pero, por si no estamos de acuerdo en eso, permítame decir por qué.

Seamos sinceros, bichejos como los hombres-lobo despiertan la duda de ¿qué pasa si a alguien lo muerde un caniche hechizado? Los fantasmas sí que me aterran, pero por lo que debe de oler la sábana con la que se cubren (¿hay lavarropas en el más allá?); por último, los muertos vivientes recuerdan a un par de estudiantes saliendo de su último examen a finales de enero (o volviendo a casa tras la consecuente celebración). Al final, todos estos seres no son más que aficionados.

Porque ahí va otra; el can humano se supone que cuando es peligroso está pululando por algún bosque, y uno se imagina a un hombre lobo como alguien con la cara alargada y muy peludo pero, ¿tan peludo como para sobrevivir a la intemperie una noche de mediados de invierno? Seamos sinceros, los hombres lobo no tocan Teruel en enero. El fantasma está ocupado manifestándose en algún lado, lo cual nos lleva a la duda; ¿les afecta a ellos la ley mordaza? ¿cómo va el tema de las balas de goma en el más allá? Están demasiado liados con sus movidas como para de verdad ser una amenaza. De los no-muertos mejor no hablamos porque no queremos otra alerta por pandemia ni nada por el estilo, que no son días para esto y la corona ya hemos dicho que va para el monstruo bajo la cama.

El único listillo es el monstruo bajo la cama, el hombre del saco; el tío se ha buscado residencia justo al lado del trabajo, y además sin pagar alquiler. ¡Eso sí que da terror! Paraos a pensar en lo que se ahorra el monstruo del saco medio, porque los alquileres según donde están por los cielos. Y el tío te alcanza como si nada, puede con la gentrificación, los pisos turísticos, la precariedad laboral y lo que le tires encima; te persigue, está justo abajo tuyo. Vive en tu puta casa, tu maldita cama, y cuando entra en ningún momento saltan las alarmas de Prosegur; un ejemplo a seguir para más de un okupa.

Pero no solo es eso, lo que lo hace tan jodido es que no lo ves. El monstruo bajo la cama vive ahí, te acompaña cada día, y no lo ves. Porque no ver a los antes mencionados es normal; viven lejos, están ocupados, tendrán sus proyectos personales... Pero no el monstruo bajo la cama, el tío que está ahí a la noche cuando vas a sobar la mona, a la mañana cuando te despiertas con tu peinado de supersaiyan o cuando quieres echarte una siesta al entrar la morriña.

Porque no ver a una bruja es algo normal; seguramente vive en el pueblo de al lado, y está haciendo su turno en la farmacia así que como los condones los compras en Mercadona pues ya no coincides. Y los dragones no los vemos porque son como los gamers, metidos en su guarida, acaparando oro, paVos, Riot Points o la moneda estable del momento, mirando de tanto en tanto como está la relación entre China y EEUU para saber si comprar o vender acciones. Pero eso, a estos monstruos no los vemos, están con sus cosas, lejos, y es normal que no los tengamos presentes.

Como ya hemos establecido, el monstruo de la cama es diferente; o sea, ¿por qué no lo vemos? Se pasa el día en tu cuarto, quizás cuando no hay nadie se escapa un rato a la nevera, pero nunca lo has pillado. Y eso es lo terrorífico; es un monstruo que nos acompaña cada noche y cada mañana, trasnochando y madrugando a nuestro mismo ritmo, silbando al compás de nuestros ronquidos. Estamos constantemente expuestos a su voluntad y su misericordia, conoce al detalle nuestras fortalezas y debilidades. ¡Y no ha hecho nada aún! ¿Por qué no ataca? ¿Se está preparando? ¿Para qué? ¿Es su objetivo sembrar el pánico a través de la inacción? A veces da la sensación de que se alimenta de ese miedo, de ese terror, y es entonces cuando uno se da cuenta de que hablamos de una criatura espeluznante. Es como si fuese una segunda consciencia.

Y no hablo de esas consciencias buenas, las que nos hacen mirar antes de cruzar, comprobar si la sopa quema antes de metérnosla en la boca o cargar el móvil antes de salir el sábado. Hablo de esas consciencias de mierda oscuras y retorcidas que nos hacen dudar cuando menos falta hace, las que nos harán temer aquello que había de emocionarnos. Las que nos sumergen en unas tinieblas que solo podemos resolver nosotros, no sin antes minar nuestra confianza; esas consciencias que dan pie a culpa, envidia y celos.

Eso es lo que hace al monstruo de la cama tan jodidamente aterrador; esa familiaridad, esa cercanía, el hecho de que esté con nosotros siempre. Y nunca sabemos cuando va a atacar y hundirnos, así que nos tiene en permanente guardia.

Que sea el rey de los monstruos no significa que no podamos pararle los pies; ya mostraron antaño los franceses que ser rey no te blinda de todo. Hay una forma de vencer al monstruo bajo la cama, pues aquello que lo hace fuerte lo hace débil también. De la misma forma que vencemos a nuestros temores, miedos e inseguridades reestructurandonos la cabeza y dándole más importancia a otras cosas más productivas, podemos reorganizar ese hueco bajo la cama, desalojando al monstruo y llenándo el espacio con algo mejor; yo pongo los zapatos, porque calzando un 45/46 ocuparía demasiado espacio en otro lado. Eso sí, espero que no vengan Colau y la plataforma antideshaucios a defenderlo y hacerme sacarlos, porque ya he llevado el zapatero al punto verde.



jueves, 23 de enero de 2020

Sobre Gloria y el balconing

El viento arrecia contra las ventanas, que aguantan como si la vida les fuese en ello. Los falsos techos tiemblan y saltan aterrados, desconocedores de lo que les espera. La tormenta no hace amago de minvar, sino que empeora a cada rato que pasa, y si el rugir de las ventoleras calla es solo porque, como todos, ellas también necesitan tomar aire entre grito y grito.

Es desde el cobijo de la oficina que me doy la libertad de observar y describir; si me encontrase inmerso en el temporal que acecha no perdería el tiempo en nimiedades y me centraría en buscar refugio, caminando, esquivando las macetas que aprovechan los vientos para practicar balconing y evitando tropezar con los huérfanos paraguas que se pasean por las calles. Hoy, son suyas.

Y es con las hojas que guiadas por el viento cruzan (educadamente por los pasos de zebra) unas calzadas convertidas en torrente, que uno se plantea si las calles son en algún momento nuestras. Porque, al final, si las usamos es solo porque se nos permite. Las calles no son de los ciudadanos de a pie, sino de la furia, del terror, del ímpetu de aquello que ni entiende ni busca entender. Las calles son de las ráfagas de viento que deciden descansar y darnos la libertad de un paseo. De las lluvias y borrascas que deciden no pasar a saludar, de los días de intenso y sofocante calor que deciden no ser.

No, las calles no son nuestras; son de las salvajes manadas que noche tras noche las ocupan en la penumbra, son de las irascibles jaurías que, impotentes e incapaces de defender sus creencias, se ven abocadas al egoísmo del saqueo y la destrucción. Estas bandadas de pajarracos no necesitan hablar, pues se comunican desde el silencio y el estruendo, desde el orden y el caos, ambos impuestos a un público involuntario; es con sus actos, sus golpes, sus forcejeos y sus hogueras que nos gritan que, si no es a su manera, prefieren que no sea.

Es por eso que días como hoy, de lluvia, viento y marea, me recuerdan que somos esclavos de aquello a lo que, desde la maldad o la ignorancia, no percibe que tengamos siquiera un atisbo de importancia. Somos libres de acatar su voluntad y dejarla ser, o de resistirnos y achacar con las consecuencias. Pero no es un castigo, pues no hay nada a represaliar; se trata sin más de que, sea fuerza de la naturaleza o de una psique retorcida, el daño colateral carece de importancia. Lo importante es el ahora, dictado por un ciclón o la idea incendiaria de turno.

Horas más tarde, ya fuera de la oficina, me veía con un amigo en el bar de siempre. Comentábamos la tormenta, y lo bien que sentaban unas bravas y una cerveza cuando la lluvia te deja los pantalones como recién salidos de la lavadora y el frío se te cala en los huesos. Ante nosotros y una multitud, como poseído por el salvajismo del temporal, un joven cantaba, acompañado por una guitarrista cuyas manos golpeaban y fluían a través de la guitarra, tal y como las gotas lo hacían contra las ventanas del bus que hasta ahí nos llevó.

Las pandillas, los mandamases, capos y críos descontrolados pueden querer imponernos su toque de queda cual tormenta, pero resistimos. No hay animal capaz de encerrarnos, si queremos impedirlo. En esto iba pensando mientras volvía a casa. Pero debería haber ido más atento a otras cosas.

Desperté dos días más tarde en el hospital; una cosa en común que tienen los ingleses con los tiestos y macetas es que el balconing se les da bastante mal. La próxima tormenta me quedaré tranquilo en casa.

domingo, 21 de julio de 2019

Killer Queen


El brillo de las estrellas les habría cegado si se tratase de cualquier otra nave, pero no en la Killer Queen. No a esa velocidad. No eran más que lucecitas de colores que se esfumaban tan pronto como aparecían. A bordo de la Killer Queen, nunca sabías donde iba a acabar la noche.

─ No tiene sentido que hables de cómo va a acabar la noche en medio del espacio. No puedes basar tu ciclo en estrella alguna si no orbitas nada.

Ésa era Fabog. Nativa de Gorobod y telépata entrometida, si había algo que hacía mejor que tocar los huevos eso era hacer que todo fuese sobre ruedas a bordo de la Killer Queen. Fabog la entendía como si de su hija se tratase, y de cierta forma podía decirse que lo era. Aunque era más una hermana.

La madre de Fabog la había parido dentro de la misma nave. Sabiéndose preñada, se encargó de que la enfermería fuese de las primeras partes de la nave en estar acabadas. Fabog había nacido en aquella época en la que los ingenieros se movían a lo largo del esqueleto de la nave usando bicicletas sobre guías, mediante las cuales transportaban cargas o desplegaban cableados (cuando no estaban haciendo carreritas de las suyas). Por momentos le parecía que aún escuchaba los timbrecitos que Mayo había instalado en algunas de las bicis. Había días en los que pensaba que quizás lo de los ruiditos era Fabog que jugaba con su cabeza.

─ Basaré mi ciclo en lo que quiera. Además, no te quejes de mis incoherencias si no las comparto.

─ No pienses tan alto entonces.

─ Sabes que me cuesta no pensar en alto, en especial alrededor de gente que lee mis jodidos pensamientos día y noche.

─ Creeme, hay noches en las que me gustaría no hacerlo. Estás muy solo.

─ Oye, que te tengo a ti. You’re my best friend, como dice esa canción.

─ ¿No escucho música de hace 30 siglos de mi especie crees que por alguna razón conoceré la vuestra?

─ No espero que lo entiendas, no leyendo pensamientos. Pero…

Dejando los controles, decidí poner la música. Solo así lo entendería.

─ No por favor, no otra vez…

─ O, ahora ya no vas a pararme, vamos a pasarlo bien.

─ Es un viaje de cuatrocientas doce horas a bordo de una nave en medio del espacio, sin escalas, y a solas contigo y cuatro androides asistentes. No esperaba pasármelo bien.

Ya sonaba el piano, y de forma natural giré el potenciómetro subiendo el volumen al máximo.

─ Puedes intentarlo pero no vas a poder pararme.

─ Sabes que lo de la telepatía no es solo leer, ¿no? Podría ponerte a dormir ahora mismo.

Lo sabía y bien. Lo que hacían los de su especie no era exactamente leer la mente. Se podría decir que leían y reescribían campos electromagnéticos a voluntad, dentro de unos límites que ni ellos mismos tenían demasiado claros. Ponerme a dormir era de lo menos letal que podía hacerme. Pero la ley estaba de mi lado; poner música a todo volumen era un poco más legal que juguetear con el cerebro de otro ser vivo.

─ ¿Y quebrar ciento cuarenta y nueve leyes dentro del espacio conocido? Vamos, por favor, diviértete un poco.

─ Por favor que algo me salve.

Eso fue lo último que le dio tiempo a decir a Fabog, porque treinta y siete milisegundos después el vacío del espacio se hizo uno con el puente de mando de la Killer Queen. Por suerte para ella, yo siempre llevaba mi traje espacial de emergencia encima. Y tenía el suyo a mano.

Estaba a unos treinta metros, que normalmente se recorrerían en un instante, pero había muchos restos de cristal entremedio. Aún así, no hay nada que pueda pararme cuando esa pequeña cosita llamada amor toma el control; el amor por la aventura.

El camino fue menos recto de lo esperado, pero por suerte para ella llegué en cuarenta y siete segundos; doce antes de que su cerebro fallase provocando daño permanente. Eso era especialmente importante para mí, porque aún me quedaban más de doscientas horas de viaje y si quedaba afectada por el accidente no podría reírme de sus cuatro brazos amorfos durante el resto del viaje.

─ Eres un gilipollas.

Fueron las primeras palabras que me dijo cuando recuperó la capacidad de comunicación. Me gustaría deciros que podía silenciar el comunicador, pero no; es una de las desventajas de trabajar con una telépata, junto al hecho de que no se puede jugar ni al veo veo ni al quién es quien.

No nos llevó mucho tiempo tener la nave de vuelta a punto. Cerca de treinta y siete minutos después del heroico rescate que un servidor había llevado a cabo, ya volvíamos a estar sobre la marcha.

─ ¿Sabemos ya qué ha provocado el fallo?

─ No ha sido técnico. No hay rastros de sabotaje, y he revisado los historiales de los androides que nos acompañan; ninguno ha tenido nada que ver.

─ Así que nos han atacado.

─ O has chocado.

─ ¿Quién querría atacarnos?

─ O no has planeado bien la ruta.

─ ¿Por qué nos atacarían? El cargamento no tiene casi valor.

─ O no has tenido en cuenta la estacionalidad del campo de micro-asteroides de Numa.

─ Sigo sin entender quién querría…

─ ¿Vas a asumir tu parte de la culpa en algún… ─la interrumpe un parón de la nave, se apagan las luces y los reactores, e instantáneamente después se activan el generador y las luces de emergencia.─ …momento?

─ ¿Decías?

Rompiendo la oscuridad de la escena, el ordenador principal estaba iluminado con un único mensaje: COMUNICACIÓN ENTRANTE.

─ Te dije que no le dieras este número de teléfono a tu novia, Fabog.

─ Y no lo hice, gilipollas.

Sin que aceptaran la solicitud, el holoproyector se encendió y el sonido de estática característico del eterno e incómodo silencio entre naves vecinas cubrió la sala. Según el monitor, hablaban con Flash-Abedul Bastión Gordon, representante de las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón.

─ ¿No podían ponerse un nombre más complicado no?

─ Tiene pinta de que lo intentaron pero se vieron superados por la ineptitud de su burocracia…

─ No toleraremos otra falta de respeto.

─ Oh, vaya lo… digo, perdone mi señor Flash-Abedul Bastión Gordon. ¿Cómo debería mi humilde persona dirigirse a usted?

─ Puede llamarme Flash Gordon, será suficiente. Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash Gordon.

─ Oh, de acuerdo, agradezco su paciencia. ─Hay que tenerla si cada vez que se dirigen a ti lo hacen con un nombre tan largo, le hizo llegar Fabog por vía telepática.─ Me gustaría saber a qué se debe que nos hayan parado. Llevamos más de doscientas horas viajando y nos quedan muchas por delante, así que nos gustaría proceder cuanto antes.

El representante de la colonias de nosequé tosió, y se quedó en silencio.

─Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, nos gustaría saber por qué se han tomado la libertad de bloquear nuestro paso por un territorio cuando nuestros papeles están en regla.

─ Oh, bueno, es que no lo están.

─ Puede referirse usted a mí como Capitán Bolgo. Capitán Ismael Ricardo Javier Boldo III, regente de Narnia, ministro de exteriores de la república independiente de Micasa y señor de Mordor. Le consulto entonces, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, ¿Qué problema hay con los papeles de la Killer Queen?

─ Oh, nada en particular con los papeles en sí.

Tosí entonces, y me mantuve en silencio. Pero no tuvo el efecto esperado.

─ Entonces entiendo que podemos seguir con nuestra travesía.

─ Me temo que eso será imposible.

─ Porque….

Se mantuvo el silencio.

─ ¿Podría usted, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, explicarme el por qué de la inmobilización de mi nave?

─ Claro que sí. Como bien sabrá, las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón somos un estado galáctico formado recientemente. Ustedes vuelan bajo la bandera de la Federación Galáctica de Aliados, cuya Comisión de Reglamentos y Reconocimientos Intergalácticos no ha reconocido, aún, nuestra soberanía. Por lo tanto, no reconocemos nosotros tampoco la soberanía de la Federación Galáctica de Aliados. Por lo tanto, ustedes están volando sin bandera en un espacio regulado por las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón.

─ ¿Hace cuantas horas estándar se fundó la nación conformada por las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón?

Solo hubo silencio y estática.

─ Perdone, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, ¿hace cuantas horas, según el estándar temporal de la no-soberana Federación Galáctica de Aliados, se fundó su nación?

─ Me alegro de que haya aclarado a qué estándar horario se refería, ya que podría habernos llevado a confusión. Hace ciento noventa y siete horas, cuarenta y siete minutos y cincuenta y seis segundos, para ser exactos.

─ Ciento noventa y siete horas y cuarenta y ocho minutos ya.

─ Se podría decir.

─ Perdone, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bestión Fondón, como comprenderá si recuerda que le he dicho que llevamos más de doscientas horas de viaje, desconocíamos la situación. De haberlo sabido no habríamos entrado sin bandera en espacio de las  Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón. ¿Qué hemos de hacer para proseguir con nuestro viaje?

La estática de fondo se ve sacudida por murmullos. Se oían discusiones, y al parecer un grupo de personas nada dadas a estar de acuerdo planteaban votaciones y decretos.

─ ¿Y bien? ¿Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bolsón Frodón?

─ Dada la excepcionalidad de su situación, se les permitirá proseguir con su viaje. Pero que no se repita la incidencia o nos veremos obligados a tomar severas medidas. Buen viaje, Capitán Ismael Ricardo Javier Boldo III, regente de Tabarnia, ministro de exteriores de la república independiente de Sucasa y señor de Durmstrang.

Ciento y pico horas después, descansando ya en el puerto espacial de Jakota, aún no acababan de creer lo que les había tocado pasar.

─ No hay ningún informe que hable de avistamientos de piratas.

─ Así que fueron ellos.

─ ¿Crees que sabían que traficábamos con azúcar?

─ Se lo habrían quedado.

─ ¿Entonces fue solo por orgullo?

─ Esos territorios exteriores no le importan a nadie, ni a ellos. No me sorprendería que nos hubiesen atacado solo para llamar nuestra atención, para tener alguien con quien hablar.

─ Así que estás reconociendo que nos atacaron. Que no fue una negligencia mía.

─ Solo planteo la remota posibilidad.

─ Remota, pero posible, plausible y planteable.

─ ¿Llegaste a buscar en esa estúpida guía a sus costumbres que nos dieron cuál es el estándar temporal que usan?

─ ¿Qué usan? Si es otro sistema basado en los números primos y los días de los solivan-karr te invito a otra copa.

─ Pues tranquila que no. Usan el estándar de la Federación Galáctica de Aliados.