Le molestaba la soberbia de
Imelda. Sí, era buena, innegablemente la mejor ingeniera de vacíos con la que
había trabajado, pero eso no le daba carta blanca; ella, Laura Belmonte, no era
una subordinada, no esperaba ser tratada como uno de esos becarios que vienen
solo seis meses a por créditos ECTS, algo de dinero y maquillaje para sus
currículos.
—¿Y me dices que has revisado el
sistema entero? —entonaba Imelda, enfatizando esa última palabra como si
tuviese que hacer un esfuerzo extra para que Laura la procesase.
Pero Laura no iba a dejarse pisar
así. Años estudiando en Comillas, casi un lustro ejerciendo, para que una
recién doctorada la tratase como si fuese una estudiante de grado... no,
gracias. Las cosas no iban a seguir así por mucho tiempo; había llegado la hora
de que Imelda se diese contra la pared por primera vez en su vida.
—De pe a pa. He comprobado que no
volviese a ser cosa de la orientación de los diodos...
—¿Los mismos que pasaste por alto
cuando estábamos trabajando en el control de flujo de combustible de la fragata
Asterión? —le interrumpió la graduada con honores, la del historial impoluto,
con un tono coqueto.
—Sí, los mismos. Como decía, no
tiene nada que ver con los diodos, la compensación está equilibrada, los transistores
están distribuidos correctamente... Estoy seguro de que si falla algo es en tu
parte del...
—¿Has comprobado que la
realimentación esté hecha con los signos que corresponde? —volvió a interrumpir
Imelda, aún cómoda, segura de que todo error que pudiese haber era en la parte
del modelo en la que trabajaba Laura.
—Sí. Como te iba diciendo... —intentó proseguir Belmonte, obviamente sin éxito.
—¿No habrás confundido una coma
con un punto, no? Estos valores anómalos podrían deberse a que la hayas liado
con la saturación...
Todo estaba saliendo como ella lo
esperaba. La insistencia y la necedad de Imelda harían que la revelación fuese
demasiado para ella; Laura no era una mujer de letras pero, aunque desconocía
cuál era la palabra correcta para describir como se quedaría Imelda tras
descubrir su error, sabía que atónita se quedaba corta. Ella sabía cuál era el
error, pues el día anterior se había quedado hasta tarde revisando ambos
modelos. Pero en vez de corregirlo, había preferido dejar que fuese ella quien
los descubriese.
—No, no he confundido una coma
con un punto. Hace más de catorce siglos que se universalizó el punto, Imelda;
no queda comunidad científica en este sistema ni los colindantes que use la
coma para representar los decimales. Repito, quizás deberías revisar...
Imelda se lanzó súbitamente hacia
el ordenador de Laura, lo desbloqueó y se puso a jugar con el modelo, buscando
el error que pudiese darle la razón. De subsistema en subsistema, su ojo
recorría las conexiones buscando alguna falla que explicase lo sucedido. Pero
no había nada.
Mientras tanto, Laura ya estaba
cargando el modelo general y conectando el holoproyector.
—No es posible… —farfullaba
Imelda, mordiéndose los labios, volviendo a estudiar al detalle lo que ella
misma acababa de revisar. —Tiene que haber algo aquí…
Solo cuando la parte del sistema
de la que se había encargado Imelda estuvo ocupando la totalidad de la
habitación giro ésta la cabeza. Laura, con una serie de movimientos de mano que
a Imelda le recordaban a algún arte marcial ya olvidado, destacó el integrador
que había justo antes de que se iniciase el lazo de la retroalimentación. Dio
la orden al ordenador para que mostrase las propiedades del bloque y de repente
todo tenía sentido.
—No puedo creerlo… —murmuraba Imelda
para sus adentros.
—Cómo puedes ver, los límites del
integrador no están…
—No tuve en cuenta que el ángulo
no se reiniciaba… —decía Imelda, aun hablando consigo misma.
—…correctamente definidos. El
ángulo está limitado a dos veces pi, por lo que…
—¿Desde cuándo lo sabes? —la
volvió a interrumpir Imelda, ahora llorando.
—Bueno, estaba revisando… —empezó
a explicarse Laura intentando aguantarse una risa que aunque asomaba se perdía entre los bufidos de Imelda.
—Llevamos tres horas y media
buscando el fallo. Y lo has sabido todo este tiempo… —murmuraba Imelda para sus adentros, con las manos en la cabeza. — Sabes que no nos pagan por horas sino objetivos.
—…el modelo y noté al iniciarlo
que el ángulo se limitaba. Supuse que sería algo en tu…
—No, no lo supusiste, ¡tenías
claro dónde estaba! —siguió Imelda, llorando mientras empezaba a reírse. —¡Lo
has hecho a propósito!
Fue entonces cuando una se lanzó
a por la otra y tanto las palabras como el orgullo se ahogaron en un largo y
apasionado beso.
—¿Te das cuenta que podríamos
habernos tomado el día libre si no fuese por tu querer darme una lección? —le
reprochó Imelda a Laura.
—Bueno, pero viendo como estabas
estos días, te la merecías un poquito… —respondió mientras llevaba el índice a la punta de la nariz de Imelda y la daba un leve golpecito antes de pellizcarla.
Riendo, enviaron el modelo al
departamento de montaje para que hicieran su parte de la magia; su trabajo ya
estaba hecho. Pasaron por el laboratorio de arcos, el de biomecánica y los
otros a saludar, y aprovecharon para avisar en montaje que ya habían enviado el
archivo.
Tras pasar por la cámara de
descontaminación, recogieron sus pertenencias y se cambiaron. Se despidieron de
Ildefonso en recepción y marcharon juntas, en sus dos manos derechas volviendo a brillar los anillos que habían tenido que quitarse al entrar al laboratorio.
Hay cosas que nunca cambian.
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