No había rincón donde se posase una sombra que no debiese; con una instalación lumínica inteligente de última generación, el laboratorio contaba con lo último en herramientas de electrónica, robótica, inteligencia artificial y control de sistemas. Sin importar si eran visitantes o trabajadores, aquellos que habían tenido la suerte de visitar el Laboratorio Harandor de Innovación y Desarrollo la habían llamado la vigésimo tercera maravilla del sistema Solar.
Todas las mañanas, a eso de las seis, dos personas entraban a trabajar. Se seguía una filosofía de mínimo personal para garantizar la seguridad de los datos que se manejaban. Una inteligencia artificial llamada Tella les supervisaba y acompañaba, pero incluso ésta carecía de acceso a todos los recintos del laboratorio.
La bioingeniera Alba Ehrenreich y el matemático Federico Quijón eran los afortunados habitantes, aunque ellos no siempre se considerasen como tales. Hoy era uno de esos días en los que la frágil belleza de su trabajo se veía manchada y la duda los invadía.
─¿Es acaso legal cesarlo? ─comentó Federico con los ojos fijos en el sujeto.
Encerrado en una habitación, el sujeto medía un metro ochenta y tres. Pesaba setenta y nueve quilos; su piel era de tez oscura y lucía un corte militar. Vestido solo con una bata de hospital, se le notaba delgado, escuálido. Pero Federico sabía que eso solo era márketing.
Era un Sirviente de sexta fase, concretamente un 9003a de General Enterprises of Technology. Aún en garantía, la inteligencia artificial semidependiente no había sido devuelta debido a fallos funcionales, sino debido a denuncias de los vecinos.
─No, no lo es. ─respondió Alba nerviosa. ─Pero nadie sabe lo que le está pasando excepto nosotros.
─Pero...
─No hay peros, Federico. No podemos dejar que vuelva a la sociedad así como está.
─¿Por qué?─inquirió Federico, algo molesto.─ Si cumple con las tres leyes, ¿por qué nos importa que se sienta más que un sirviente?
─Porque un sirviente es lo que es. ─dijo Alba, que parecía que hablaba más sola que con su compañero. ─Fue diseñado para hacer compañía a una anciana, no para enamorarse de su nieta.
─Pero si es mútuo... ¿Dónde está el problema?
─¡¿Cómo que dónde está el problema?! ¡Siglos de convenciones, seminarios y conferencias sobre el tema para prepararnos para este momento y eso es lo que preguntas!
─¿Vas a condenarlo por incumplir una ley arcaica de más de 140 años?
─Es a nosotros a quien condenarían, Fede. No podemos dejarlo estar, no podemos hacer la vista gorda.
─Enviarlo a los laboratorios de G.E.T. es aún peor que cesarlo, por muy legal que sea. Lo diseccionarán, lo...
─Lo sé, lo sé...
─No, no lo sabes. Yo he trabajado ahí. He dirigido esos laboratorios. ─señala al sujeto, que los ignora completamente.─ Él es más humano que ellos.
─No he dicho que haya que enviárselo a ellos. Ni tampoco cesarlo. Pero...
─No nos dejas con muchas opciones, si tampoco podemos dejarlo ir porque nos encierran a nosotros.
─No, tienes razón, muchas no. Pero hay una.
─Espero que no te refieras a un borrado de memor...
─¡No, déjame explicarme! Nosotros tenemos la autoridad necesaria para aprobar un estudio de hasta dieciocho meses si se trata de un sujeto con desperfectos, ¿no?
─Bueno, sí si son de carácter endoautomático, de tejidos, fluidos pseudoexternos o comportamiento errático.
─Las denuncias solo mencionan salidas clandestinas y llegadas a las tantas. Excepto nosotros, nadie ha hablado con él, nadie sabe qué le pasa.
─Suerte que lo denunciaron temprano, imagina el lío en el que estaría sino. Pero, ¿y cuando hayan pasado los dieciocho meses? ¿Qué hacemos?
─Tendremos un 9003a en perfectas condiciones de volver a la sociedad. Solo hay que enseñarle a disimular, a comportarse en público... a hacer las cosas bien.
Durante unos instantes que se les hicieron eternos, Alba y Federico se miraron fascinados. A carcajadas festejaron en secreto lo brillante de su plan y, una vez reinó la calma, volvieron a trabajar en el Sirviente 9003a.
Tras horas de trabajo, con el Sirviente ya apagado y Tella recordándoles que ya hacía dos horas que su crédito de horas extra pagadas se había acabado para lo que quedaba de semana, Alba y Federico eran incapaces de sacarse el suceso de la cabeza.
─¿Te das cuenta Alba? ¿Te das cuenta de lo que tenemos aquí?
─Sí; la máquina más bella que haya creado la humanidad, el autómata más increíble jamás visto.
─Ahí te equivocas, no es un autómata. Rufus está vivo. Es vida artificial.
─Es fascinante, sí, pero, ¿hacía falta ponerle ese nombre?
─No, por dios, no he sido yo... solo se lo he preguntado.
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