domingo, 21 de julio de 2019

Killer Queen


El brillo de las estrellas les habría cegado si se tratase de cualquier otra nave, pero no en la Killer Queen. No a esa velocidad. No eran más que lucecitas de colores que se esfumaban tan pronto como aparecían. A bordo de la Killer Queen, nunca sabías donde iba a acabar la noche.

─ No tiene sentido que hables de cómo va a acabar la noche en medio del espacio. No puedes basar tu ciclo en estrella alguna si no orbitas nada.

Ésa era Fabog. Nativa de Gorobod y telépata entrometida, si había algo que hacía mejor que tocar los huevos eso era hacer que todo fuese sobre ruedas a bordo de la Killer Queen. Fabog la entendía como si de su hija se tratase, y de cierta forma podía decirse que lo era. Aunque era más una hermana.

La madre de Fabog la había parido dentro de la misma nave. Sabiéndose preñada, se encargó de que la enfermería fuese de las primeras partes de la nave en estar acabadas. Fabog había nacido en aquella época en la que los ingenieros se movían a lo largo del esqueleto de la nave usando bicicletas sobre guías, mediante las cuales transportaban cargas o desplegaban cableados (cuando no estaban haciendo carreritas de las suyas). Por momentos le parecía que aún escuchaba los timbrecitos que Mayo había instalado en algunas de las bicis. Había días en los que pensaba que quizás lo de los ruiditos era Fabog que jugaba con su cabeza.

─ Basaré mi ciclo en lo que quiera. Además, no te quejes de mis incoherencias si no las comparto.

─ No pienses tan alto entonces.

─ Sabes que me cuesta no pensar en alto, en especial alrededor de gente que lee mis jodidos pensamientos día y noche.

─ Creeme, hay noches en las que me gustaría no hacerlo. Estás muy solo.

─ Oye, que te tengo a ti. You’re my best friend, como dice esa canción.

─ ¿No escucho música de hace 30 siglos de mi especie crees que por alguna razón conoceré la vuestra?

─ No espero que lo entiendas, no leyendo pensamientos. Pero…

Dejando los controles, decidí poner la música. Solo así lo entendería.

─ No por favor, no otra vez…

─ O, ahora ya no vas a pararme, vamos a pasarlo bien.

─ Es un viaje de cuatrocientas doce horas a bordo de una nave en medio del espacio, sin escalas, y a solas contigo y cuatro androides asistentes. No esperaba pasármelo bien.

Ya sonaba el piano, y de forma natural giré el potenciómetro subiendo el volumen al máximo.

─ Puedes intentarlo pero no vas a poder pararme.

─ Sabes que lo de la telepatía no es solo leer, ¿no? Podría ponerte a dormir ahora mismo.

Lo sabía y bien. Lo que hacían los de su especie no era exactamente leer la mente. Se podría decir que leían y reescribían campos electromagnéticos a voluntad, dentro de unos límites que ni ellos mismos tenían demasiado claros. Ponerme a dormir era de lo menos letal que podía hacerme. Pero la ley estaba de mi lado; poner música a todo volumen era un poco más legal que juguetear con el cerebro de otro ser vivo.

─ ¿Y quebrar ciento cuarenta y nueve leyes dentro del espacio conocido? Vamos, por favor, diviértete un poco.

─ Por favor que algo me salve.

Eso fue lo último que le dio tiempo a decir a Fabog, porque treinta y siete milisegundos después el vacío del espacio se hizo uno con el puente de mando de la Killer Queen. Por suerte para ella, yo siempre llevaba mi traje espacial de emergencia encima. Y tenía el suyo a mano.

Estaba a unos treinta metros, que normalmente se recorrerían en un instante, pero había muchos restos de cristal entremedio. Aún así, no hay nada que pueda pararme cuando esa pequeña cosita llamada amor toma el control; el amor por la aventura.

El camino fue menos recto de lo esperado, pero por suerte para ella llegué en cuarenta y siete segundos; doce antes de que su cerebro fallase provocando daño permanente. Eso era especialmente importante para mí, porque aún me quedaban más de doscientas horas de viaje y si quedaba afectada por el accidente no podría reírme de sus cuatro brazos amorfos durante el resto del viaje.

─ Eres un gilipollas.

Fueron las primeras palabras que me dijo cuando recuperó la capacidad de comunicación. Me gustaría deciros que podía silenciar el comunicador, pero no; es una de las desventajas de trabajar con una telépata, junto al hecho de que no se puede jugar ni al veo veo ni al quién es quien.

No nos llevó mucho tiempo tener la nave de vuelta a punto. Cerca de treinta y siete minutos después del heroico rescate que un servidor había llevado a cabo, ya volvíamos a estar sobre la marcha.

─ ¿Sabemos ya qué ha provocado el fallo?

─ No ha sido técnico. No hay rastros de sabotaje, y he revisado los historiales de los androides que nos acompañan; ninguno ha tenido nada que ver.

─ Así que nos han atacado.

─ O has chocado.

─ ¿Quién querría atacarnos?

─ O no has planeado bien la ruta.

─ ¿Por qué nos atacarían? El cargamento no tiene casi valor.

─ O no has tenido en cuenta la estacionalidad del campo de micro-asteroides de Numa.

─ Sigo sin entender quién querría…

─ ¿Vas a asumir tu parte de la culpa en algún… ─la interrumpe un parón de la nave, se apagan las luces y los reactores, e instantáneamente después se activan el generador y las luces de emergencia.─ …momento?

─ ¿Decías?

Rompiendo la oscuridad de la escena, el ordenador principal estaba iluminado con un único mensaje: COMUNICACIÓN ENTRANTE.

─ Te dije que no le dieras este número de teléfono a tu novia, Fabog.

─ Y no lo hice, gilipollas.

Sin que aceptaran la solicitud, el holoproyector se encendió y el sonido de estática característico del eterno e incómodo silencio entre naves vecinas cubrió la sala. Según el monitor, hablaban con Flash-Abedul Bastión Gordon, representante de las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón.

─ ¿No podían ponerse un nombre más complicado no?

─ Tiene pinta de que lo intentaron pero se vieron superados por la ineptitud de su burocracia…

─ No toleraremos otra falta de respeto.

─ Oh, vaya lo… digo, perdone mi señor Flash-Abedul Bastión Gordon. ¿Cómo debería mi humilde persona dirigirse a usted?

─ Puede llamarme Flash Gordon, será suficiente. Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash Gordon.

─ Oh, de acuerdo, agradezco su paciencia. ─Hay que tenerla si cada vez que se dirigen a ti lo hacen con un nombre tan largo, le hizo llegar Fabog por vía telepática.─ Me gustaría saber a qué se debe que nos hayan parado. Llevamos más de doscientas horas viajando y nos quedan muchas por delante, así que nos gustaría proceder cuanto antes.

El representante de la colonias de nosequé tosió, y se quedó en silencio.

─Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, nos gustaría saber por qué se han tomado la libertad de bloquear nuestro paso por un territorio cuando nuestros papeles están en regla.

─ Oh, bueno, es que no lo están.

─ Puede referirse usted a mí como Capitán Bolgo. Capitán Ismael Ricardo Javier Boldo III, regente de Narnia, ministro de exteriores de la república independiente de Micasa y señor de Mordor. Le consulto entonces, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, ¿Qué problema hay con los papeles de la Killer Queen?

─ Oh, nada en particular con los papeles en sí.

Tosí entonces, y me mantuve en silencio. Pero no tuvo el efecto esperado.

─ Entonces entiendo que podemos seguir con nuestra travesía.

─ Me temo que eso será imposible.

─ Porque….

Se mantuvo el silencio.

─ ¿Podría usted, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, explicarme el por qué de la inmobilización de mi nave?

─ Claro que sí. Como bien sabrá, las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón somos un estado galáctico formado recientemente. Ustedes vuelan bajo la bandera de la Federación Galáctica de Aliados, cuya Comisión de Reglamentos y Reconocimientos Intergalácticos no ha reconocido, aún, nuestra soberanía. Por lo tanto, no reconocemos nosotros tampoco la soberanía de la Federación Galáctica de Aliados. Por lo tanto, ustedes están volando sin bandera en un espacio regulado por las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón.

─ ¿Hace cuantas horas estándar se fundó la nación conformada por las Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón?

Solo hubo silencio y estática.

─ Perdone, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bastión Gordon, ¿hace cuantas horas, según el estándar temporal de la no-soberana Federación Galáctica de Aliados, se fundó su nación?

─ Me alegro de que haya aclarado a qué estándar horario se refería, ya que podría habernos llevado a confusión. Hace ciento noventa y siete horas, cuarenta y siete minutos y cincuenta y seis segundos, para ser exactos.

─ Ciento noventa y siete horas y cuarenta y ocho minutos ya.

─ Se podría decir.

─ Perdone, Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bestión Fondón, como comprenderá si recuerda que le he dicho que llevamos más de doscientas horas de viaje, desconocíamos la situación. De haberlo sabido no habríamos entrado sin bandera en espacio de las  Colonias Mesoterráneas Trans-Hipóbaras Libres y Democráticas del cúmulo de Hipanón. ¿Qué hemos de hacer para proseguir con nuestro viaje?

La estática de fondo se ve sacudida por murmullos. Se oían discusiones, y al parecer un grupo de personas nada dadas a estar de acuerdo planteaban votaciones y decretos.

─ ¿Y bien? ¿Señor Delegado Tercero de Gobierno y Ministro de Asuntos Coloniales Extraterritoriales Flash-Abedul Bolsón Frodón?

─ Dada la excepcionalidad de su situación, se les permitirá proseguir con su viaje. Pero que no se repita la incidencia o nos veremos obligados a tomar severas medidas. Buen viaje, Capitán Ismael Ricardo Javier Boldo III, regente de Tabarnia, ministro de exteriores de la república independiente de Sucasa y señor de Durmstrang.

Ciento y pico horas después, descansando ya en el puerto espacial de Jakota, aún no acababan de creer lo que les había tocado pasar.

─ No hay ningún informe que hable de avistamientos de piratas.

─ Así que fueron ellos.

─ ¿Crees que sabían que traficábamos con azúcar?

─ Se lo habrían quedado.

─ ¿Entonces fue solo por orgullo?

─ Esos territorios exteriores no le importan a nadie, ni a ellos. No me sorprendería que nos hubiesen atacado solo para llamar nuestra atención, para tener alguien con quien hablar.

─ Así que estás reconociendo que nos atacaron. Que no fue una negligencia mía.

─ Solo planteo la remota posibilidad.

─ Remota, pero posible, plausible y planteable.

─ ¿Llegaste a buscar en esa estúpida guía a sus costumbres que nos dieron cuál es el estándar temporal que usan?

─ ¿Qué usan? Si es otro sistema basado en los números primos y los días de los solivan-karr te invito a otra copa.

─ Pues tranquila que no. Usan el estándar de la Federación Galáctica de Aliados.

sábado, 2 de marzo de 2019

Marcos

Loco. Demente. Mentalmente inestable. Ido. Me han llamado de muchas maneras desde que llegué aquí, nunca por mi nombre. Hace tanto que no lo oigo que tampoco soy capaz de recordarlo; mi existencia se ve ahora reducida a paseos, ayudar a María a cocinar, a cargar la compra con Antón, a ser llamado Marcos, a ordenar la casa y a dormir. Al principio, cuando no podía dormir (cosa que pasaba muy a menudo) leía. Leía con ansias, deseando encontrar una historia con la que sentirme identificado. Pero con el paso del tiempo me he rendido. Viendo que nadie contaba mi historia, he decidido escribirla aquí.

Para empezar, déjenme decirles que no soy de este lugar. Tampoco recuerdo exactamente de dónde vine, pero sé que éste no es mi lugar. Yo tuve una madre que, aunque murió, no es la madre que María dice que compartimos hasta febrero del veintitrés mil sesenta y tres. También tuve una hermana, pero no era María; aunque no recuerde ni su cara, estoy seguro de que ella no es la hermana que vagamente recuerdo. Recuerdo también a un padre bondadoso; María describe un monstruo que no se parece en nada a aquello que sé que he vivido, por mucho que se parezca a cosas que he visto en sueños.

Siempre tuve problemas para dormir; hasta los ocho años me la pasé invadiendo la habitación de mis padres casi todas las mañanas. Llorando, yo les contaba mis sueños; aquellos donde yo era un niño cuya única protección ante la bestia que azotaba a su familia era su hermana mayor. Por aquél entonces María era la luz que hacía que mis pesadillas fuesen más llevaderas. Por cada golpe que recibía de la bestia podía contar un abrazo de María. Por cada grito, una sonrisa. Aún así, yo temía a las pesadillas, y cuando entraba en el cuarto de mis padres lo hacía llorando. Entre berridos y mocos les contaba lo que soñaba y, con una sonrisa, ellos me abrazaban. Su calor corporal y sus palabras me consolaban; cuando, al cabo de unas horas, mi hermana traía el desayuno a la cama me sentía estupendamente. Estábamos todos juntos, estábamos todos bien.

Pero ahora ya no es así. Para empezar, el sueño ha tomado el control de mi vida. Lo peor es que ahora no hay bestia, y María no me salva de nada. Siento que soy una carga; noto como todos me miran raro, como no les gusta que mi pensamiento se ausente ni que mi mirada vague hasta el infinito. Cuando paseo con María y su marido Antón noto que casi nunca vienen los niños. Además, si nos cruzamos con alguien que sé que ellos conocen no se saludan como de costumbre; se reprimen, y lo hacen por mí. Se avergüenzan, y lo hacen de mí.

Esos momentos, esas situaciones tan crudas y difíciles de tragar, son las que por momentos me hacen creer que no he dejado de soñar. Que la bestia ha tomado el control de todos los personajes de mi sueño. Hasta que empecé a escribir esto, pasaba los días buscando la manera de despertarme. Pero como ya he dicho, nadie contaba una historia como la mía. Nadie había pasado por mi situación, y si alguien lo había hecho se me ocultaba. Es por eso que tampoco le he contado a nadie que estoy escribiendo. Si María o Antón se enterasen se lo dirían a los psiquiatras, y ellos volverían a hacerme preguntas a las que no sé responder.

Y es que el cambio empecé a tenerlo cuando los psiquiatras se inmiscuyeron en mis sueños. Mi edad rondaba la veintena cuando mis pesadillas recuperaron su fuerza; en ellas ya no había bestia alguna que me azotase. En vez de eso, los psicólogos se la pasaban haciéndome preguntas, llamándome Marcos Gómez, preguntándome por lo sucedido con mi padre Enrique, instándome a explicarles qué sentí cuando murió mi madre Eugenia, intentando averiguar por qué fuera del trabajo solo me relacionaba con mi hermana María. Obviamente, yo no lo entendía. Los psicólogos de mis sueños me preguntaban cosas que yo no conocía realmente; recordaba el nombre de María como parte de mis pesadillas del pasado, y tanto Enrique como Eugenia habían formado parte de esos horribles sueños. Pero, como ya he dicho, los recuerdo como eso; restos de mis pesadillas, huellas de una realidad que nunca aceptaría como mía.

El paso de los años no me ayudaba a dejar atrás aquellos demonios de mi pasado; los psicólogos de mis pesadillas se convertían en psiquiatras, las conversaciones en tratamientos experimentales. Llegó un momento en el que dormía más de lo que vivía, y debido al funcionamiento de la mente durante los procesos oníricos acababa soñando más de lo que dormía.

Llegado cierto punto empecé a ser incapaz de discernir una realidad de otra; llamaba María a mi hermana, en el trabajo me asustaban las preguntas que se me hacían, empecé a temer a todo mucho más... mi vida entera fue cuesta abajo. Acabé recluido en mi cuarto, y lo único que recuerdo de mi anterior vida es que me fui a dormir. Aquella noche empezó como cualquier otra; soñando. El de aquella noche empezó con un psiquiatra diciéndome que estaba curado. "Ya no hay nada que temer, Marcos." decía el Dr. Gil. "Todo estará bien ahora, en unas horas vendrá tu hermana María a buscarte." dijo con una sonrisa mientras se iba. Y aún sigo aquí.

Salí del instituto mental y me instalé junto a mi hermana María y su marido Antón en su casa. Les ayudo con las tareas del hogar y cada tanto paseo con ellos. No me dejan quedarme solo con los niños, pero si ellos están cerca me dejan hablar con ellos e incluso a veces jugar. Cuando llega la hora de dormir les oigo discutir; la mayoría de veces lo hacen sobre mí. Y el principal problema es que todo es muy real. Lo único que se me hace raro en este mundo son mis recuerdos; aquello que considero sueños del pasado tengo que llamarlo "mi vida", y lo que siempre habían sido mis vivencias y experiencias ahora no son más que sueños y sombras de un pasado oscuro.

¿Descubriré algún día cual es la realidad? Si alguien lee esto y se siente identificado, si alguien puede compartir conmigo una historia similar, por favor hágalo. Si no voy a poder escapar de este mundo, ayúdenme a formar parte de él. ¿Cómo lo han hecho? ¿Dónde están? ¿Por qué no se habla de nosotros? Solo busco respuestas.

Firmado,
G.