miércoles, 30 de diciembre de 2020

Jorge y el extraño

En contra de lo que se suele creer, el miedo y la soledad no son una enfermedad que se extiende, sino una bestia. Se comportan como un dragón que nos apresa en su torre y disfruta de ser dueño exclusivo de nuestro destino.
 
Jorge pasaba esa nochebuena solo en casa. Durante el día había paseado con su hermana Daniela y su mujer. Habían ido de pícnic al parque con los críos, siempre con sus distancias y mascarillas. Pero ahora daban las doce, y estrenaba la navidad con la única compañía que le permitía la pandemia; la Hermes Baby de su abuelo y una botella de tinto.

Cuando trabajaba usaba papel u ordenador, pero para ocasiones especiales le gustaba desempolvar la máquina de escribir. Dada la situación quería escribir algo optimista; un cuento navideño donde abundasen los abrazos al despedirse o unas cartas que enviar a la familia en Argentina. Pero no había manera.
 
Aunque las palabras le salían a borbotones, no eran las que quería. Solo y aislado, tomaba control de él una añoranza amarga y rabiosa que destilaba a través de sus palabras, como quien suda oliendo a alcohol tras beber demasiado.

Buscando escribir y sortear tal oscuro bloqueo, silenció del todo un móvil que vibraba de forma intermitente con felicitaciones de navidad. Escondió el aparato detrás de la foto familiar que tenía en el escritorio. Se la habían hecho en Buenos Aires durante las últimas vacaciones que habían compartido con sus padres y la familia de su hermana.
 
Cada página dedicada al miedo y la soledad acababa en el suelo como bola de papel. Creía que sacándoselas de delante mataba a esas páginas, pero a cada párrafo esa bestia renacía, como regurgitada tras un mal trago.

Agotado tras pelearse con el papel, se fue a dormir a la una de la madrugada. Se durmió fácilmente, pero no fue un sueño placentero. Una pesadilla lo atormentaba, una bestia que le perseguía. Se despertó sin que hubiese salido el sol y fue al baño a lavarse la cara.

Volvía a la cama para intentar recobrar el sueño cuando se encontró al extraño al lado de su casa. El extraño no es un desconocido cualquiera; tiene esa falta de familiaridad que nos es común a todos. Una cara algo afilada que es lo suficientemente familiar como para hacernos dudar inicialmente, y Jorge dudó.

─Sigues solo, Jorge. ¿Vienes conmigo? ─le había dicho la silueta.

Jorge seguía sin estar seguro de quién tenía delante. Desde la ignorancia de no saber quién es, al extraño lo conocemos todos. Muchos no lo reconocen no por falta de información sino por falta de voluntad. Así pasaba con Jorge.

─Mira, tampoco puedo quedarme esperando toda la noche. Me has llamado, ─decía mientras recogía las bolas de papel que había en el suelo─ aunque no te enorgullezcas de ello.

─¿Cómo has entrado?
 
─Oh, ¿no lo recuerdas?  ─olió una botella de vino vacía que había sobre el escritorio mientras le miraba con una sonrisa torcida─ Me dejaste la puerta abierta. Normalmente la gente me espera despierta, pero siendo Navidad te lo dejaré pasar.

─Pero yo no...

─Ya, ya, no lo recuerdas. Lo importante es que estoy aquí, que estamos juntos. Y si estoy aquí es por trabajo.

El extraño sacó un revólver y se lo dio. Jorge se le quedó mirando mientras éste hacía el gesto de pegarse un tiro.

─No, no...

─Mira, yo solo vengo a donde me llaman. Facilito una decisión que ya has tomado.

Acto seguido le cogió la mano que sujetaba el arma y dio tres tiros al aire. Jorge corrió apurado las cortinas para esconderse de los vecinos.

─¡Tranquilo! ─dijo el extraño asomándose a la ventana─ Ni lo han escuchado. Es un arma especial, hecha solo para ti.

No había agujero de bala alguno en la pared, pero los casquillos estaban a sus pies.

─Fue tu decisión, Jorge. Querías acabar con todo esto. ─levantaba en su mano izquierda algunas de las páginas que había escrito esa noche.─ Aquí lo dejas muy claro. Ya no te interesa quién te busca o quién te habla. No es que quieras dejarlo todo, Jorge; lo necesitas.

El extraño le señaló la pistola que tenía en las manos, esperando a que la disparase. Jorge miró la foto en su escritorio, y disparó.

El ruido fue ensordecedor. El casquillo cayó sobre su pie descalzo, y el extraño se llevó la mano derecha al pecho.

─¿Así me lo agradeces? Me traicionas... ─extendió el brazo, su mano imitando una pistola─ ¡BANG!

Jorge se asustó, dejando caer el revólver que fue mágicamente a parar a manos del extraño.

─Me matas de la angustia, Jorge. Me invitaste. Ya decidiste, yo solo cumplo órdenes. ¿Quieres despedirte?

Jorge no quería que esas bolas de papel arrugadas fuesen sus últimas palabras. No podía hacerle eso a sus sobrinos. No podía hacerle eso a su hermana y su mujer.

El extraño se disponía a disparar cuando Jorge le rompió la botella vacía de vino en la mano. La pistola se le cayó de la mano dolorida, pero antes de que llegase al suelo volvía a sujetarla, ahora con la izquierda. Jorge aprovechó ese instante de estupefacción del extraño para darle con el marco de fotos en la cara. El marco de madera acabó hecho añicos en el suelo, esparcido junto al extraño.

Jorge vio el vidrio del marco partido en dos y sin dudar cogió una mitad y apuñaló al extraño. En cuanto el vidrio atravesó su camisa, una luz blanca llenó la estancia y Jorge perdió el conocimiento.

El sol que entraba a través la ventana que había dejado abierta le despertó. Se fue directo al escritorio, sin notar los cristales que pisaba, y se puso a escribir. Escribió sobre pena y soledad, pero no como un acecho y temor sino como ansia de reencuentros. Escribió sobre fríos que requerían abrazos y de oscuridades que invitaban a buscar hogueras donde reunirse.

Tras limpiar la habitación llamó a Daniela y fueron juntos a comprar un marco nuevo.

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