El viento arrecia contra las ventanas, que aguantan como si la vida les fuese en ello. Los falsos techos tiemblan y saltan aterrados, desconocedores de lo que les espera. La tormenta no hace amago de minvar, sino que empeora a cada rato que pasa, y si el rugir de las ventoleras calla es solo porque, como todos, ellas también necesitan tomar aire entre grito y grito.
Es desde el cobijo de la oficina que me doy la libertad de observar y describir; si me encontrase inmerso en el temporal que acecha no perdería el tiempo en nimiedades y me centraría en buscar refugio, caminando, esquivando las macetas que aprovechan los vientos para practicar balconing y evitando tropezar con los huérfanos paraguas que se pasean por las calles. Hoy, son suyas.
Y es con las hojas que guiadas por el viento cruzan (educadamente por los pasos de zebra) unas calzadas convertidas en torrente, que uno se plantea si las calles son en algún momento nuestras. Porque, al final, si las usamos es solo porque se nos permite. Las calles no son de los ciudadanos de a pie, sino de la furia, del terror, del ímpetu de aquello que ni entiende ni busca entender. Las calles son de las ráfagas de viento que deciden descansar y darnos la libertad de un paseo. De las lluvias y borrascas que deciden no pasar a saludar, de los días de intenso y sofocante calor que deciden no ser.
No, las calles no son nuestras; son de las salvajes manadas que noche tras noche las ocupan en la penumbra, son de las irascibles jaurías que, impotentes e incapaces de defender sus creencias, se ven abocadas al egoísmo del saqueo y la destrucción. Estas bandadas de pajarracos no necesitan hablar, pues se comunican desde el silencio y el estruendo, desde el orden y el caos, ambos impuestos a un público involuntario; es con sus actos, sus golpes, sus forcejeos y sus hogueras que nos gritan que, si no es a su manera, prefieren que no sea.
Es por eso que días como hoy, de lluvia, viento y marea, me recuerdan que somos esclavos de aquello a lo que, desde la maldad o la ignorancia, no percibe que tengamos siquiera un atisbo de importancia. Somos libres de acatar su voluntad y dejarla ser, o de resistirnos y achacar con las consecuencias. Pero no es un castigo, pues no hay nada a represaliar; se trata sin más de que, sea fuerza de la naturaleza o de una psique retorcida, el daño colateral carece de importancia. Lo importante es el ahora, dictado por un ciclón o la idea incendiaria de turno.
Horas más tarde, ya fuera de la oficina, me veía con un amigo en el bar de siempre. Comentábamos la tormenta, y lo bien que sentaban unas bravas y una cerveza cuando la lluvia te deja los pantalones como recién salidos de la lavadora y el frío se te cala en los huesos. Ante nosotros y una multitud, como poseído por el salvajismo del temporal, un joven cantaba, acompañado por una guitarrista cuyas manos golpeaban y fluían a través de la guitarra, tal y como las gotas lo hacían contra las ventanas del bus que hasta ahí nos llevó.
Las pandillas, los mandamases, capos y críos descontrolados pueden querer imponernos su toque de queda cual tormenta, pero resistimos. No hay animal capaz de encerrarnos, si queremos impedirlo. En esto iba pensando mientras volvía a casa. Pero debería haber ido más atento a otras cosas.
Desperté dos días más tarde en el hospital; una cosa en común que tienen los ingleses con los tiestos y macetas es que el balconing se les da bastante mal. La próxima tormenta me quedaré tranquilo en casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario