sábado, 14 de marzo de 2020

El monstruo bajo la cama

Nadie pone en duda su existencia, es algo sabido por todos, de la misma manera que es unánime la aceptación de su hegemonía; nada le disputa el trono al monstruo bajo la cama. Perteneciente a una dinastía milenaria no parlamentaria de pesadillas para el que no duerme, el monstruo bajo la cama es temible como ningún otro. Pero, por si no estamos de acuerdo en eso, permítame decir por qué.

Seamos sinceros, bichejos como los hombres-lobo despiertan la duda de ¿qué pasa si a alguien lo muerde un caniche hechizado? Los fantasmas sí que me aterran, pero por lo que debe de oler la sábana con la que se cubren (¿hay lavarropas en el más allá?); por último, los muertos vivientes recuerdan a un par de estudiantes saliendo de su último examen a finales de enero (o volviendo a casa tras la consecuente celebración). Al final, todos estos seres no son más que aficionados.

Porque ahí va otra; el can humano se supone que cuando es peligroso está pululando por algún bosque, y uno se imagina a un hombre lobo como alguien con la cara alargada y muy peludo pero, ¿tan peludo como para sobrevivir a la intemperie una noche de mediados de invierno? Seamos sinceros, los hombres lobo no tocan Teruel en enero. El fantasma está ocupado manifestándose en algún lado, lo cual nos lleva a la duda; ¿les afecta a ellos la ley mordaza? ¿cómo va el tema de las balas de goma en el más allá? Están demasiado liados con sus movidas como para de verdad ser una amenaza. De los no-muertos mejor no hablamos porque no queremos otra alerta por pandemia ni nada por el estilo, que no son días para esto y la corona ya hemos dicho que va para el monstruo bajo la cama.

El único listillo es el monstruo bajo la cama, el hombre del saco; el tío se ha buscado residencia justo al lado del trabajo, y además sin pagar alquiler. ¡Eso sí que da terror! Paraos a pensar en lo que se ahorra el monstruo del saco medio, porque los alquileres según donde están por los cielos. Y el tío te alcanza como si nada, puede con la gentrificación, los pisos turísticos, la precariedad laboral y lo que le tires encima; te persigue, está justo abajo tuyo. Vive en tu puta casa, tu maldita cama, y cuando entra en ningún momento saltan las alarmas de Prosegur; un ejemplo a seguir para más de un okupa.

Pero no solo es eso, lo que lo hace tan jodido es que no lo ves. El monstruo bajo la cama vive ahí, te acompaña cada día, y no lo ves. Porque no ver a los antes mencionados es normal; viven lejos, están ocupados, tendrán sus proyectos personales... Pero no el monstruo bajo la cama, el tío que está ahí a la noche cuando vas a sobar la mona, a la mañana cuando te despiertas con tu peinado de supersaiyan o cuando quieres echarte una siesta al entrar la morriña.

Porque no ver a una bruja es algo normal; seguramente vive en el pueblo de al lado, y está haciendo su turno en la farmacia así que como los condones los compras en Mercadona pues ya no coincides. Y los dragones no los vemos porque son como los gamers, metidos en su guarida, acaparando oro, paVos, Riot Points o la moneda estable del momento, mirando de tanto en tanto como está la relación entre China y EEUU para saber si comprar o vender acciones. Pero eso, a estos monstruos no los vemos, están con sus cosas, lejos, y es normal que no los tengamos presentes.

Como ya hemos establecido, el monstruo de la cama es diferente; o sea, ¿por qué no lo vemos? Se pasa el día en tu cuarto, quizás cuando no hay nadie se escapa un rato a la nevera, pero nunca lo has pillado. Y eso es lo terrorífico; es un monstruo que nos acompaña cada noche y cada mañana, trasnochando y madrugando a nuestro mismo ritmo, silbando al compás de nuestros ronquidos. Estamos constantemente expuestos a su voluntad y su misericordia, conoce al detalle nuestras fortalezas y debilidades. ¡Y no ha hecho nada aún! ¿Por qué no ataca? ¿Se está preparando? ¿Para qué? ¿Es su objetivo sembrar el pánico a través de la inacción? A veces da la sensación de que se alimenta de ese miedo, de ese terror, y es entonces cuando uno se da cuenta de que hablamos de una criatura espeluznante. Es como si fuese una segunda consciencia.

Y no hablo de esas consciencias buenas, las que nos hacen mirar antes de cruzar, comprobar si la sopa quema antes de metérnosla en la boca o cargar el móvil antes de salir el sábado. Hablo de esas consciencias de mierda oscuras y retorcidas que nos hacen dudar cuando menos falta hace, las que nos harán temer aquello que había de emocionarnos. Las que nos sumergen en unas tinieblas que solo podemos resolver nosotros, no sin antes minar nuestra confianza; esas consciencias que dan pie a culpa, envidia y celos.

Eso es lo que hace al monstruo de la cama tan jodidamente aterrador; esa familiaridad, esa cercanía, el hecho de que esté con nosotros siempre. Y nunca sabemos cuando va a atacar y hundirnos, así que nos tiene en permanente guardia.

Que sea el rey de los monstruos no significa que no podamos pararle los pies; ya mostraron antaño los franceses que ser rey no te blinda de todo. Hay una forma de vencer al monstruo bajo la cama, pues aquello que lo hace fuerte lo hace débil también. De la misma forma que vencemos a nuestros temores, miedos e inseguridades reestructurandonos la cabeza y dándole más importancia a otras cosas más productivas, podemos reorganizar ese hueco bajo la cama, desalojando al monstruo y llenándo el espacio con algo mejor; yo pongo los zapatos, porque calzando un 45/46 ocuparía demasiado espacio en otro lado. Eso sí, espero que no vengan Colau y la plataforma antideshaucios a defenderlo y hacerme sacarlos, porque ya he llevado el zapatero al punto verde.



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