Benjamín era un preso. Los carceleros que lo guardaban sabían mucho de Benjamín, pues llevaba allí décadas. Aunque ellos iban y venían, Benjamín era una constante. Los veía llegar jóvenes, les escuchaba hablar de sus bodas y sus primogénitos, de sus fortunas y desavenencias. A veces a quien escuchaba hablar no era a sus carceleros sino a sus viudas, y los lloraban juntos.
Benjamín era un preso algo distinto. Se pasaba los días hablando con toda persona que se le acercase, y tenía algo dentro que hacía que fuese fácil abrirse a él. Uno pasaba al lado de la celda, Benjamín lo saludaba y tras hacer contacto con esos ojos avellana blanqueados por el tiempo no podía evitar pararse a hablar un rato.
A Benjamín le contaban todo, y él reciprocaba. Y aunque Benjamín contaba entre sus hazañas con hechos de amor, trabajo y dinero, esas no eran las historias atrapaban la atención de aquellos con quienes charlaba. Una cosa que tenían en común los hijos de la paz era ese mórbido interés por la guerra, aquel tabú del cual nadie más hablaba. Pero Benjamín les contaba.
Las historias de la guerra que contaba Benjamín se centraban en sus días cómo soldado. Les contaba triste cosas que había hecho porque se las habían ordenado. No culpaba a nadie por su destino; Benjamín sabía que a la hora de repartir las cartas no nos tocaban las mismas a todos. Él no había tenido suerte. Un poco de hambre y una adicción habían convertido el servicio militar en su única alternativa a la prisión.
Por aquel entonces a la gente se la juzgaba por su pasado. Y al estado no se le daba bien perdonar, por lo que Benjamín pasó sus primeros meses limpiando baños, cocinas y comedores. A veces limpiaba pasillos, y en ellos algunos de sus superiores se perdían en aquellos ojos avellana, todavía por blanquear. Poco a poco, Benjamín iba ganándose la confianza de sus superiores. Nunca olvidaría la primera vez que el general Durán Ordóñez le sonrió.
Esa sonrisa fue el primer paso adelante en su carrera, que de ahí se disparó. Según decían sus superiores, Benjamín era el tipo de hombre destinado a grandes cosas. Pero grande no siempre significa bueno. Además, lo que parece bueno ahora puede no serlo cuando, ya pasado, reflexionamos al respecto. Benjamín cree que quizás le hubiese convenido quedarse limpiando pasillos, pero por aquel entonces ser reconocido lo hacía feliz.
Como ya hemos dicho, Benjamín había pasado hambre de joven. Se había visto obligado a hacer cosas que no quería con tal de poder llevar una hogaza de pan a casa. Pero ahora eso ya no le preocupaba. No pasar hambre hace que sea más fácil hablar con la gente sin ser juzgado. Y cuando a uno le dan la oportunidad de hablar, se la dan también de escuchar. Escuchando, Benjamín aprendía.
No todo le gustaba a Benjamín. Había órdenes que le dolían, pero de alguna forma separaba su ser de esas decisiones. Se decía a sí mismo que él no hacía cosas, sino sus superiores. Él solo era una máquina; le daban una orden y cumplía. Le usaban para lo que hacía falta, y cuando no le necesitaban lo guardaban en el cajón de herramientas. Benjamín escuchaba, aprendía y sabía seguir órdenes, así que no sorprende que sus superiores admirasen su trabajo. Escuchando había aprendido a no cuestionar, al menos no antes de hacer las cosas.
Porque Benjamín era un buen soldado, y los buenos soldados no dudan hasta después de haber hecho algo. Si se le ordenaba quemar una villa, lo hacía. Al caer noche, solo en la cama ante Dios y su juicio, se permitía dudar al rezar. Si le señalaban a alguien disparaba, sin importar cuántos hijos o nietos hubiese de testigo. Y no era hasta justo antes de irse a dormir que dedicaba un momento a las lágrimas que provocaban sus actos; ¿echarían de menos esos críos a sus padres o abuelos tanto como Benjamín extrañaba a los suyos?
Pero como hemos dicho, solo dudaba a la noche. El momento para esas preguntas lo tenía claro; nunca antes y siempre después. Pero poco sentido tiene insistir en lo bueno que es alguien en su trabajo si no vamos a contar qué pasa cuando falla. Y es que llegado un día, Benjamín flaqueó.
Benjamín dudó aquel día en Tatapúa. No era distinto al resto de poblados que le habían ordenado barrer, al menos no a simple vista. Según les había explicado Ordóñez, Tatapúa tenía lo que todo pueblo; casas, una escuela, un hogar de culto y un ayuntamiento. En Tatapúa había también unos lavaderos y un pozo que, por aquella época del año, andaba algo escaso de agua. Todos andaban escasos de agua por aquella época del año.
Como decimos, nada distinguía a Tatapúa. Las fiestas del pueblo eran en julio o agosto, y celebraban también algún que otro patrón en febrero. Para año nuevo las familias se juntaban en la plaza del pueblo, y las obras de teatro que representaban en el ayuntamiento de tanto en tanto, aunque entretenidas, no eran nada del otro mundo.
Lo que sí era de otro mundo era la determinación de Benjamín. Es por eso que les pido por favor que no se menosprecie su capacidad para no cuestionarse las cosas. Créanme cuando les digo que Benjamín luchó hasta el último momento contra sus dudas. Pero nada que hubiese escuchado antes le había preparado para lo que pasó ese día en Tatapúa. Se suponía que iban a reclamar el uso del pozo del pueblo para los propósitos de la nación. Ante la negativa de los agricultores, el estado envió al ejército.
Como tantos otros pueblos fronterizos habían hecho antes, Tatapúa envió una soldado a recibirlos. En todos los pueblos los había ido a recibir una sola persona, aquella considerada el guerrero más fiero. Tradicionalmente, evitaban derramar sangre inocente compitiendo entre los dos mejores soldados. Pero Benjamín sabía que eso no importaba, pues se lo habían dicho. Durán Ordóñez y el resto de generales no le daban importancia la forma tradicional que esos pueblos tenían de hacer la guerra.
Alguien que cumplía órdenes casi tan bien cómo Benjamín le puso tres balas en el pecho a la mujer que había enviado Tatapúa. Una vez un sujeto al cual no se le daba bien seguir órdenes había decidido luchar mano a mano con el guerrero enviado, y tardó unos tres minutos en morir a manos del pueblerino. A los generales eso les importó poco, pues alguien que sí seguía órdenes puso tres balas en el cuerpo de dicho guerrero y se procedió al saqueo. Pero en Tatapúa nadie había dudado.
Una vez caída la soldado, los habitantes de Tatapúa se prepararon para huir como tantos otros pueblos habían hecho antes. Corrían de aquí para allá, abrazando a unos y besando a otros mientras buscaban alrededor del pueblo aquello que consideraban indispensable. De entre el caos salió una civil envuelta en un largo vestido blanco alborotado por el viento. Caminó hacia ellos siguiendo un tempo que desconocían, como si estuviese a punto de bailar. El ritmo lo marcaba la brisa, pero entonces eso les era ajeno a los militares. El viento cambió de dirección y, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para ser oída sin gritar, habló.
─No estoy aquí para desearos mal alguno. ─empezó para sorpresa de Benjamín y sus compañeros de armas. ─Como tantos otros antes, nosotros no aceptaremos su tiranía, pues nuestra tierra no nos lo perdonaría jamás. Os deseo paz, pues a todos nos hace falta. No puedo juzgaros por alzaros en armas, pues lo que os trae aquí no es más que una caprichosa decisión del destino. En este retorcido juego que es la vida somos esclavos del sino, y nadie puede saber con certeza cómo habría actuado bajo las condiciones que a otros aprietan.
Aquel ejército la escuchó. Callaban atentos mientras ella les contaba sobre la mezquindad del azar. Cabos, sargentos, tenientes y generales tenían sus miradas fija en esos ojos avellana mientras ella decía perdonarlos. Según sus palabras, aunque estaba en manos de todos dejar atrás la violencia y el sinsentido, la vida no le daba a todos la capacidad de distinguir cuándo bajar un arma podía de verdad marcar la diferencia. En cuanto calló, Durán Ordóñez dio la orden de disparar.
Y Benjamín disparó. La chica, aún frente a ellos, se tomó el acto como un pistoletazo de salida y empezó a bailar. Ante la crítica mirada de sus superiores, Benjamín volvió a disparar. Pero la chica seguía bailando. Inmutable, acompañada por el polvo, la tierra y la arena que a su alrededor se levantaban ligeramente, danzaba ante Benjamín y sus compañeros de armas. Alguien gritó y Benjamín vació el cargador, pero no servía de nada. Se le ordenó a otros dos soldados hacerlo, y por mucho que disparasen la mujer no caía.
A alguien se le dio la orden de acercarse y ejecutarla disparando a quemarropa, pero sirvió de poco. Vació el cargador sobre ella, tal como le ordenaron, pero no funcionó. Las balas se deshacían antes de siquiera tocarla. Atónito, miró el suelo, se agachó y tras coger un poco de tierra se la llevó a la boca. Poco después cogió un puñado y se lo acercó a su superior antes de volver a su puesto. Los generales se marcharon y tras quince minutos Durán Ordóñez se posicionó ante el ejército, de espaldas a la bailarina.
─¡Sal! ─empezó el general Ordóñez mientras señalaba a la mujer. ─¡Esta bruja no esquiva nuestras balas! ¡Las convierte en sal! En la capital necesitan el agua del pozo. La supervivencia de nuestros vecinos, familias y niños depende de ese pozo. El ejército de la república ha recorrido incontables quilómetros para salvar a sus compatriotas, y así es como estos salvajes nos responden.
El general se agachó un momento y cogió un puñado de tierra.
─¡Compruébenlo ustedes mismos! ─decía mientras recorría la primera fila poniendo un poco de tierra en las manos de cada soldado. ─Sepan de primera mano como se burlan de nuestra sed.
Benjamín se llevó a la boca el puñado de tierra que el general Durán Ordóñez le había puesto sobre la mano. Aunque no era como la que salía de la salina del pueblo donde había nacido, pero era sal. Sucia y extraña, pero sal. Benjamín y sus compañeros seguían haciendo muecas cuando el general Durán Ordóñez se apartó del frente y dio la orden de disparar.
Las balas silbaron al unísono, y donde estaba la chica se formó una nube de polvo blanca. La sal fue a parar al suelo, donde el girar de sus tobillos dibujaba curvas entrelazadas. Sus pies aceleraban a medida que recorrían ese trazado, marcando el son de aquel viento arreciante.
En Tatapúa las cosas se habían calmado. Vestidos con dos o tres capas de ropa para poder cargar más, los vecinos habían preparado ya sus petates y se amontonaban mirando hacia el monte donde se encontraban los invasores. Como si fuesen parte de un telón de fondo, Benjamín no se fijó en ellos hasta que alguien dio la orden de dispararles. Había que cumplir órdenes. Si cumplía con lo que pedía Durán Ordóñez todo acabaría antes y podrían volver a casa.
No fueron pocos los militares que marcharon hacia el pueblo, dejando atrás el monte, los generales y la bailarina. A medida que se acercaban la muchedumbre se dispersaba. No todos los invasores eran como Benjamín; muchos de ellos habían dejado atrás las dudas antes de que él siquiera robase pan en el mercado del pueblo.
Eran seres crueles y retorcidos, tan merecedores de rabia como de pena. Algunos habían hecho cosas que aunque disfrutasen no se contaban ni entre ellos; aún entre monstruos se censuraban, pues cada uno dibujaba la línea dónde le convenía. Lo último que necesitan ese tipo de animales es descubrirse y juzgarse entre ellos, pues no pueden permitirse el lujo de tener una conciencia con la que discutir. El dudar habría hecho imposible que siguiesen con sus vidas como si nada, así que todos tenían excusas rápidas para justificarse el haber llegado tan lejos.
Pero Benjamín, que no era como ellos, dudó. En cuanto esas bestias fieras y salvajes que había considerado compañeros hicieron contacto con Tatapúa se lo cuestionó todo. Corrían hacia las familias locales y les disparaban a quemarropa, esperando tener ese chute de adrenalina que les daba el terror ajeno. Pero los pueblerinos no caían; seguían corriendo ante los atónitos invasores, dejándolos atrás, confusos y enrabiados.
Los generales daban por buena la maniobra, pues una vez vacío era más fácil arrasar el pueblo. Solo les interesaba el pozo, y no querían tener que volver a echar a esa gente. No podían regresar si no había dónde volver a asentarse. Pero el quemar el pueblo se quedó en intento.
Todo fuego que encendían se apagaba al momento, dejando tras de sí un rastro de sal. Armado con un sable, un general se acercó a la bailarina e intentó asestarle una estocada, mas en cuanto la hoja entró en contacto con la mujer el arma entera se deshizo y, dejándose llevar por el viento, la sal bailó al ritmo de la chica.
En el pueblo los salvajes tiraban de impulso e instinto, usando sus manos donde fallaban las antorchas. Pero el cambio de arma no cambiaba el resultado, y a cada golpe que daban su cuerpo se deshacía en sal. Ver a sus compañeros descomponerse a su lado no evitaba que siguiesen intentándolo, pues para algunos la muerte era lo único que podía darles una paz que nunca nadie hubiese dicho que merecían. Aquellos que se quedaban sin brazos usaban las piernas, el pecho o la cabeza, que poco a poco desaparecían en aquella tierra salina que el viento revolvía por Tatapúa.
Benjamín ya no dudaba cuando vio al Durán Ordóñez, el único general que seguía vivo, lanzarse a por la bailarina. Las manos de Durán rodearon el cuello de la mujer durante muy poco tiempo, sin llegar en momento alguno a interrumpir la danza. El general intentó asirla con las manos, los brazos y la boca hasta que no quedó nada de él. Quieto y ajeno a sus alrededores, como una oruga metamorfoseándose en mariposa, Benjamín se perdió en la tormenta de sal.
Cuando despertó de su trance, ante Benjamín no quedaba ni rastro de Tatapúa o de aquella mujer que se les había plantado enfrente. Fue por aquel entonces que lo arrestaron. Me gustaría poder decir exactamente cuando o el por qué, pero es difícil.
Respecto al cuando, hay historiadores que se creen capaces de situar el asedio de Tatapúa en el tiempo, pero todos niegan que algo fuera de lo normal sucediese. Según ellos, Tatapúa siempre había sido un campo de sal, y las pocas casas que debía haber habido ahí tenían que ser de aquellos que comerciaban con lo único que abundaba tras esa colina. Sobra decir que se equivocan, pero es difícil documentar lo contrario.
Y en lo que se refiere al por qué, se barajan dos opciones. Basándose en que sus hazañas militares son ciertas, hay quien dice que le encerraron por crímenes de lesa humanidad y se olvidaron de ejecutarlo. Otros, poco afines al régimen, dicen que el lugar donde estaba de pie era propiedad del duque de Osorio, quien castigaba el allanamiento con perpetua. Fuese cual fuese la razón, Benjamín no recuerda que se la hayan contado, y un incendio arrasó con los documentos que podrían haber aclarado la duda.
Siendo Benjamín el único testigo ocular viviente, hay otra duda que acecha las mentes de aquellos que creemos en la veracidad de la masacre de Tatapúa; ¿durante cuánto tiempo bailó la heroína?
Benjamín no podía dar una fecha exacta respecto a cuando empezó, pues "el ataque a Tatapúa empezó como otro cualquiera, sin importancia ni registros". Tampoco podemos saber cuando paró de bailar, aunque sí sabemos que la tormenta de arena se encargó de que no quedase nada de Tatapúa. Hay quien dice el acto duró horas, otros dicen que meses. Yo creo que tratar de acotar algo tan grande y único a una métrica tan limitada como la humana carece de sentido, y defiendo que el baile duró lo suficiente.
Benjamín coincide conmigo, aunque matiza que fue lo justo y necesario. Lo justo para permitirle a él sobrevivir, perdonado como estaba por la dama, y lo necesario para que los vientos casi huracanados arrasasen los edificios hasta los cimientos. Como dijo la heroína anónima, Tatapúa se salvó de una eternidad en manos de tiranos.
Porque aunque dónde antes estaba Tatapúa solo quedan minas de sal, los descendientes de aquellos que pudieron huir viven para contarlo. Ignorantes a propósito o por accidente de haber sido salvados, se saben víctimas de una invasión y una tormenta que borró su hogar del mapa. Benjamín dice haber coincidido con más de un superviviente en sus años en la cárcel, habiéndolos conocido a ambos lados de las rejas. Al igual que en el resto del mundo, en Tatapúa no todos recibían las mismas cartas.
Excelente y creativo, disfruto leyéndote!
ResponderEliminar